Ay, desamor

Hace tiempo que no hablamos y no por eso debes creer que ya no pienso en ti. Estás siempre presente, en cada esquina, en cada gesto, en cada resquicio de mi vida. Hay veces que creo que te alejas, pero en cuanto cae la tarde vuelves como un huracán. Las noches son lo peor, terribles. Sentado pensando dónde estarás, qué estarás haciendo, y con quién. El cerebro me da vueltas y vuelvo a repasar todo lo que me decías, tus gestos, tu sonrisa, tu piel. Recuerdo todo lo que vivimos, todo lo que hicimos. Todo.

Se me corta la respiración, me ataca un sudor frío, me ahogo con cada minuto que pasa.

La mañana vuelve a traer la calma. Me convenzo a mi mismo que nadie se muere de un corazón roto y que la decisión que tomé es la mejor a largo plazo. Dice Bukowski que el problema del mundo es que la gente inteligente está llena de dudas mientras los tontos están llenos de convencimiento, y quizás por eso yo dudo de cada uno de mis pasos y cada una de mis acciones al menos 100 veces al día. Pero eso no cambia nada. Siempre he sido así, no he cambiado en nada, y será muy difícil que logre hacerlo.

Debes saber que lo eras todo para mí. Jamás me guarde un sólo ápice de amor o cariño, jamás te privé de un sólo recoveco de mis pensamientos. Me entregué y confié en ti. El resto es todo historia.

Debes saber también que sé que jugaste conmigo. Jamás estuviste enamorada, estabas –más bien– obsesionada. Yo era el juguete que querías tener en ese momento y cuando ya no podías manejarme la situación te superó. Sólo así se entiende tu necesidad de buscar otros brazos sólo horas después de jurarme amor eterno. Necesitabas amor, una boda, una historia que contar; que fuera conmigo o con otro ni te importaba. Te creías que era un iluso, pero lo vi todo muy claro desde el principio. Me enamoré y confié, pero algo nunca cuadró.

El egoísmo es algo muy difícil de manejar. Primero, porque el egoísta es ciego, y segundo, porque el egoísta siempre va a culpar a los que no piensen como él de egoístas. Por eso yo no caeré en la trampa, pero te puedo asegurar que tu forma de ver el mundo no es la única válida. Más allá de tus brillantes neuronas hay un mundo real donde la gente piensa, siente, sufre, asimila y entiende, y en muchas ocasiones hace todas estas cosas de manera correcta y a la vez en sentido completamente opuesto al que tu te planteas. No por eso son más tontos o menos capaces.

Lidiar contigo era estar sólo. Nunca sentí una soledad más profunda que cuando estuve a tu lado. Solo y en tu compañía; la impotencia me embargaba, pero era imposible siquiera hablar contigo. Alguna vez te dije que necesitaba que alguien apostara por mí, y en tu empecinamiento emocional, tu creíste que una simple mudanza completaba ese requerimiento. Los dos sabemos bien qué te empujó a llevarlo a cabo, y no fue el amor, no. Fue tu cabezonería, fue tu escape, la única salida que creíste sería capaz de enmendar tu error. Pero el remedio fue peor que la enfermedad, sin duda. Hoy sé que quizás fue lo peor que pudiste hacer. Hoy sé que quizás ahora sería mucho más feliz si no hubieras hecho gala de ese “altruismo” tan tuyo, para hacer algo que luego revestirías como un esfuerzo durísimo para cumplir con mis “requisitos”. Un victimismo rampante que siempre te acompañará. Que tonto fui.

Tu mente es algo prodigioso y te hará vivir una mentira constante durante el resto de tu vida. Serás infeliz a más no poder, porque sólo puedes ser feliz cuando tú misma te convences de ello. Pero no logras hacerlo durante mucho más que unos meses, y así harás de tu vida y la vida de los que tengas a tu alrededor un auténtico calvario. Lo sé porque lo he vivido en mis propias carnes, y tengo que reconocer que eres tan buena que llegaste a volverme loco, a hacerme pensar que el que estaba en lo errado era yo. Que iluso fui.

Olvidarme de ti no será fácil, pero lo haré, poco a poco. Te borraré de mi memoria, remplazaré tus besos con otros, estaré triste y flaquearé de vez en cuando, pero poco a poco te iras. Porque ya no eres nada.

Te imagino con otros, riéndote de esa manera tan falsa que sólo tu sabes hacer, y se me remueve el estomago. Me pongo enfermo porque en algún momento pensé que fui especial para ti, que esa risa era por mi, que la atención que me prestabas era algo de lo que estar orgulloso, algo que jamás había sucedido ni que volvería a suceder. No tardaste ni un día en encontrar a alguien a quien hacerle sentir lo mismo. Quizás en unos meses él o ellos estarán escribiendo lo mismo que yo. O quizás te pegue un buen tortazo la vida y seas tu la que estés triste y desesperada, escribiendo a nadie, perdida, rota.

No te podrás quejar. Me he ido de tu vida sin hacer ruido. Te he dejado con tus mentiras y tus niñerías, sin ni siquiera intentar tener la última palabra. No te he insultado, no te he intentado convencer –porque es imposible, la verdad. Te has quedado con tu historia, tu verdad, y ojalá te haga feliz.

Nunca debí creerte, esta historia tuvo que haber terminado hace muchísimo tiempo, cuando lograste convencerme de que una mentira inmunda era en realidad un error de bulto. Quise creerte y seguir intentándolo, pero esa fue una oportunidad que no te merecías.

Por eso ahora estarás feliz. Sabes que tengo mucha más clase que tu y que tus secretos están a salvo. Tu integridad también lo está, porque a mi me educaron de manera correcta y no saco nada restregándote por el barro, lo que no quiere decir que no lo merezcas. Como no soy así, podrás seguir disfrutando. Viviendo tu vida vacía, rellenándola con más mentiras, que te contarán y que te contarás, y sólo de vez en cuando sufrirás recordando lo que tuviste al alcance de la mano y lo que no supiste aprovechar. Seguirás siendo una estrella en el trabajo, conmigo ya muy lejos, creerás que estás cambiando el mundo, cuando en realidad no estás más que perdiendo el tiempo, envejeciendo, marchitándote.

Yo estaré bien. Disfrutando con los míos, viajando por el mundo, aprendiendo a tocar la guitarra, escribiendo, rehaciendo mi vida, encontrando otras ilusiones, quizás, y criando a mi hija.

Ah, mi hija. Que suerte que nunca sabrá quien fuiste.

 

 

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