Mi chica

Mi chica no se queja por los horarios, siempre quiere quedarse despierta un rato más despierta conmigo, acurrucadita en el sofá viendo sus programas favoritos.

Mi chica nunca tiene problemas conmigo y sólo se pone triste cuando no nos vemos.

Mi chica me ama de manera incondicional, y sabe que yo a ella también. No hay error grande o pequeño que yo pueda cometer que le haga no querer agarrarme por el cuello y darme el abrazo más sincero que jamás se pueda entregar.

Mi chica me ha enamorado, en tan poco tiempo. Yo que siempre he entregado mi corazón y muchas veces lo he visto pisoteado, he encontrado a esa chica que siempre lo va a querer y lo va cuidar.

Mi chica dice que me quiere desde antes de conocerme.

Mi chica me necesita. Le gusta que le lleve a diferentes sitios, a conocer el mundo, a abrirle la mente. Mi chica disfruta con mis historias, me escucha anonada, mirándome con sus ojos llenos de amor.

Mi chica me ha enseñado lo que es amar de verdad. Sin dobleces, sin nada que esconder, de frente, pase lo que pase, y eso es muy difícil de encontrar.

Mi chica, que no dice mucho y lo dice todo, se me ha metido tan adentro desde el primer día, que para mí ya no hay forma entender el mundo sin ella.

Devuélveme a la noche que nos conocimos

La oscura habitación y el frío de la tarde de Dublín no ayudaron mucho. Jesús llevaba meses deprimido.

Su situación, desde un punto de vista objetivo, era envidiable. Era joven y trabajba como ejecutivo en un tabacalera, en un puesto de cierta responsabilidad que le llevaba a viajar por todo el mundo. Ganaba una pequeña fortuna cada año y era un lince para las inversiones. Recién cumplidos los treinta años, Jesús contaba con un portfolio que haría aplaudir al propio Warren Buffet, y aunque no podía sostenerse aun con los ingresos de sus activos, no es menos cierto que al ritmo que se había marcado muy pronto lo sería.

Desde hacía varios años, Jesús vivía por y para el trabajo. Dadas las frustraciones que había sufrido en su vida personal, nada mejor que volcarse en el día a día, refugiarse en el tedio de una labor que no disfrutaba pero que le había permitido manejarse entre lujos superfluos. Ese enfoque en lo profesional le hacía olvidarse de sus problemas, evadirse. Era la manera más simple de no recordar su familia rota, su falta de afectos, los pocos amigos que le quedaban, el vacío que sentía por dentro cada día al despertar.

Sin embargo esa tarde sintió que ya no podía más. Sentado al borde de la cama en su habitación del tercer piso de aquel vetusto hotel, con la mirada perdida en el canal que pasaba sereno justo debajo de su ventana, Jesús sintió por primera vez en mucho tiempo un alivio. Un alivio hondo e intenso. Un alivio que le sobrevino justo en el momento en que decidió que ya no pasaría un día más sobre esta tierra. La idea le llevaba rondando los pensamientos mucho tiempo, pero su cobardía no le dejaba ni siquiera enfocarse en ella cuando se cruzaba por su mente. Pero en ese momento, por algún extraño motivo, todo fue diferente. Una claridad inaudita se apoderó de su cuerpo y de su cerebro, un sentimiento de tranquilidad absoluta, una paz interna que prácticamente desconocía, pero que por algún motivo añoraba.

El plan no podía ser más simple. Jesús agarró un papel de la mesita de noche y sin muchas ganas dejó una nota para la posteridad, más porque le parecía lo apropiado en aquel momento que por convencimiento: “No quiero que nadie me llore. Me voy feliz y estaré feliz. Más feliz de lo que jamás estuve en vida. Celebrad por mi”. Dobló el papel con cuidado por la mitad y lo colocó sobre la almohada de la cama. Se puso la chaqueta del traje y los mejores zapatos que había traído en ese viaje. Decidió que lo más sencillo era saltar de un puente, quizás también era lo más poético en este caso, pero desconocía la ciudad y la altura apropiada para saltar al vacío y no necesitar un segundo intento. Tras una rápida búsqueda en internet decidió acercarse al puente de Samuel Beckett, que no sólo parecía el más alto de la ciudad, si no que además pasaba por la parte del rio menos profunda, con lo que el golpe sería seco y certero; fulminante.

Jesús arregló la habitación antes de dar el paso. Ordenó unos papeles, recogió el baño e hizo la maleta. Le sobrevino una noción bastante pudorosa de la imagen que pudiera quedar de él una vez dejara de respirar para siempre. Quizás era el mismo instinto que le empujaba a borrar todas sus conversaciones del móvil cada vez que un avión empezaba a moverse por turbulencias, como si fuera más importante hacer un esfuerzo para que la gente guardara un buen recuerdo suyo una vez muerto que mientras caminó por la tierra. Tras la sesión de limpieza, abrió la puerta de su habitación y respiró profundamente. Su siguientes pasos le conducirían al más allá.

El camino por el estrecho pasillo lo hizo flotando. Sus sentidos estaban bloqueados, su campo de visión no llegaba a más de tres metros de su nariz,  no escuchaba nada más que un continuo zumbido que era cada vez más ruidoso e insoportable. Bajó los tres pisos por el ascensor y llegó al lobby. Vio la puerta de entrada, grande, sin las galanterías de los hoteles antiguos, simplemente adornada con un sensor en el centro del marco para abrir los dos grandes paneles de cristal de manera automática. Se acercó a ellos y sintió el frío de la noche, que ya caía sobre Dublín, calársele hasta los huesos. Fue la primera sensación humana que notaba desde hacía varías horas. Miró a izquierda y a derecha, desorientado, buscando el camino que le llevaría al otro mundo, y tras ajustarse la chaqueta a la altura del cuello con ambas manos, empezó su tétrico viaje.

“¿Jesús?¿Eres tu?”, una voz le llamó desde la distancia y las palabras retumbaron en sus oídos varias veces, como un eco, hasta que se estabilizaron y se hicieron inteligibles. Jesús, perdido como estaba en sus propios pensamientos, no entendió muy bien que pasaba. Giró su cuerpo en la dirección desde donde llegó la llamada, la cual pudo descifrar como una dulce voz femenina, pero tuvo que fijar la mirada en la figura borrosa que salía de un taxi más allá de los tres metros que sus ojos habían marcado como el limite de visibilidad aquella fatídica noche.

“¿Fátima?”, preguntó contrariado Jesús.

“¡Sí, soy yo! ¿Qué haces por aquí? Hace años que no sé nada de ti”.

Totalmente confundido, Jesús no supo bien como responder. Así que no lo hizo.

“No has cambiado nada. Estás tal y como te recuerdo. ¿A dónde vas?”, preguntó con desparpajo Fátima, una antigua compañera de Jesús en sus años de facultad.

“…pues, iba a cenar algo con unos amigos ahora mismo”. Fue lo primero que le vino a la cabeza mientras intentaba a duras penas recobrar sus sentidos para probar, cuando menos, de enlazar un par de palabras coherentes. “¿Qué haces tú por Dublín? Es cierto, hará por lo menos cinco años que no sabía absolutamente nada de ti”

“¿Cinco? Yo diría que son más. Terminamos la carrera hace ocho y creo que no hemos vuelto a coincidir desde entonces. ¡Qué alegría verte! ¿Cuánto tiempo estarás por Dublín?”

“Hoy es mi última noche”, contestó con gesto serio Jesús.

“Vaya, pues una pena no poder tomarnos algo al menos para recordar viejos tiempos”.

Jesús, que llevaba un par de minutos lejos de su estado conciencia de muerto viviente y había recobrado el sentido y el riego sanguíneo al cerebro, sintió un calor en el vientre que hacía meses que no sentía. De repente, encontrarse a una amiga del pasado, de ese tiempo en el que la vida todavía no le había pegado ostias de todos los colores, le hizo sentirse vivo de nuevo. Se agolparon en su mente imágenes de sus años de universidad, de las fiestas con los amigos que creyó que serían para toda la vida, de los viajes inacabables en busca de cualquier aventura, de las tardes en los bares discutiendo y arreglando el mundo de la manera que sólo un grupo de inocentes estudiantes puede hacerlo.

Y recordó a Fátima. Ella si estaba cambiada. Jesús la recordaba como una niña cariacontencida, algo apagada. No era excesivamente alta, ni excesivamente guapa, aunque tampoco era excesivamente baja, ni excesivamente fea. Era una de las chicas con las que más solía compartir durante las horas muertas en la facultad. Hablaban de todo: de sus problemas con las chicas y los chicos, de las ganas de dejar todo tirado y marcharse a vivir a una comuna en las montañas de California, de lo mal que les caía el profesor de química, y de los miedos que –ya a esa edad– inundaban sus imberbes corazones. Ahora, Fátima era completamente diferente. Sin que ella se diera cuenta, Jesús no pudo evitar mirarla de arriba a abajo, y confirmar que tenía un tipo espectacular. Alta, esbelta, llevaba puesto un abrigo largo pero estrecho, que resaltaba su figura, y unos zapatos con tacón alto que le hacían sobrepasar a Jesús en altura.

Lo que no había cambiado en ella era su cara. La tristeza que siempre llevó tan a flor de piel seguía muy presente en sus ojos, grandes como platos, pero caídos y sin vida. Unas ojeras imponentes les acompañaban para dar quizás incluso más sensación de desesperación. Sin embargo su sonrisa lo eclipsaba todo. Jesús intento brevemente recordarla, pero en su memoria no había registrado ese atributo de la Fátima que conoció cuando recién empezaba a madurar. Jamás le había impactado tanto un simple gesto. Cuando vio que ella, mientras esperaba una reacción suya, simplemente estiró las comisuras de sus labios en ambas direcciones y le regaló la sonrisa más honesta que podía recordar, dejando entrever tras de si unos dientes blancos perfectos, a Jesús se le encendió algo en la boca del estomago que no supo bien como categorizar. De repente, notó la sangre circular de nuevo por sus venas, ardiendo, mucho más diluida que la sustancia pastosa que viajaba normalmente, aburrida y desilusionada. por su sistema sanguíneo.

Jesús estaba completamente aturdido. En cuestión de unos segundos, que en su cabeza bien podrían haber sido horas, intentó entender la situación en todo su contexto. ¿Qué le estaba pasando? ¿Dónde había quedado el plan trazado para acabar con su propia vida? ¿De dónde había salido Fátima y por qué justamente ese día tenía que encontrarse con ella? ¿Era está la última y más pesada broma que el destino pensaba gastarle? ¿Cómo podía Fátima sonreír con esos deliciosos labios carnosos y a la vez mostrar tanta tristeza en sus gigantescos ojos?

Al final, cuando logró reaccionar, Jesús expuso casi sin pensarlo: “bueno, en realidad sólo voy a tomar algo con estos amigos. Si quieres vuelvo rápido y podemos salir a cenar juntos”. La cabeza le daba vueltas, sentía cosas que no era capaz de describir, el tiempo dentro de su cuerpo y fuera del mismo pasaba a dos velocidades diametralmente opuestas, y no era capaz de discernir cual era la real. Quizás su propuesta había llegado horas después de que ella, cansada de esperar y muerta de frío, se hubiera marchado dejando a Jesús parado en la entrada del hotel esperando a juntar los espacios temporales de su cuerpo y de su cerebro. O quizás, quien sabe si también por obra y gracia del destino, el timing había sido impecable y ella no había notado el desfase químico que estaba ocurriendo delante de sus propias narices. De repente volvió a escuchar su voz, angelical, suave, y que ya no retumbaba en sus oídos.

“Vale, perfecto. Así me da tiempo a ducharme y cambiarme antes. Pregunta por mí en recepción cuando vuelvas”, dijo ella con esa sonrisa que hacía que a Jesús le temblaran las rodillas. “Pero no tardes mucho, que entonces me quedaré dormida”.

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Jesús vagó por las calles de Dublín durante varios minutos sin rumbo ni dirección. No podía borrar de su mente esa sonrisa que había olvidado tras casi una década sin verla. ¿Cómo podía haberse olvidado? Fátima no le había impactado; literalmente le había atropellado con un coche a ciento setenta kilómetros por hora y le había hecho dar siete vueltas de campana. Él, que no era el típico hombre enamoradizo y rayaba mucho más cerca del prototipo del viejo cascarrabias y de vuelta de todo, se encontraba ahora –irónicamente– ante la disyuntiva más importante de su vida: Acabar con ella o abrazarla con toda su renovada fé.

Decidió no tomar ninguna decisión demasiado arriesgada. Como buen inversor, Jesús estaba acostumbrado a medir todos y cada uno de los ángulos posibles en cualquier situación. Calcular el riesgo era su gran afición, era una forma cobarde de tomar siempre la decisión que menos pudiera dañarle, aunque por supuesto él se lo planteaba a si mismo como la manera más inteligente e informada de no meter la pata. Nada más lejos de la realidad. Esa estúpida manía era, a buen seguro, la culpable de muchos de los problemas que había tenido en su vida. Era sin duda el motivo porque el cual no persiguió su pasión por el fútbol como profesión y acabó trabajando en una industria que, simple y llanamente, mató su alma –poco a poco, día a día, puñalada a puñalada–; que acabó con la extraordinaria energía que en algún momento tuvo. Era, también sin duda, la razón por la que nunca había mantenido una relación duradera. Siempre era más fácil buscar excusas para sabotearla, buscar la forma o el motivo por el cual tenía más sentido estar sólo a largo plazo que con cualquier chica que hubiera demostrado querer pasar tiempo con él, conocerle, quererle, sufrirle. Jesús siempre encontraba la forma de acabar con sus relaciones, escudado en ese análisis subjetivo al que sometía todas las decisiones de su vida.

También es cierto que algo bueno había sacado de esa fijación con el milimetrismo a la hora de tomar cartas en algún asunto. Ahora mismo, Jesús estaba vivo y eso también se debía a su fijación por los riesgos calculados. Los más hirientes críticos (como él mismo era en sus momentos más bajos) le llamarían cobardía, pero lo cierto es que hasta esa tarde, sentado en el filo de la cama de su habitación en la tercera planta de aquel oxidado hotel en el centro de Dublín, Jesús no había sido capaz de quitarse la vida y esto se debía, ni más ni menos, a la imposibilidad de calcular todas las hipotéticas reacciones que tal radical acción desataría. Y es que todo lo malo trae consigo algo bueno, y viceversa.

Caminando por Dublín pensando en los siguientes pasos cruciales, Jesús rápidamente cayó en la cuenta de que estaba completamente en la dirección opuesta al puente de Samuel Beckett. Lo cierto era que en el tiempo que había pasado desde que se despidió de Fátima y ese preciso instante, el suicida en potencia había pensado en mil cosas excepto en quitarse la vida. Entonces pensó en lo injusto de llevar a cabo su plan inicial dejando así a su amiga esperando por su regreso sin que ella supiera jamás si él se retraso por descuidado o por hacerle un feo. Claro, a la mañana siguiente, Fátima seguramente desayunaría con la noticia de que su amigo se había precipitado a su muerte voluntariamente desde un puente, minutos después de haber coincidido con ella en la puerta de un hotel de Dublín. ¿Cómo se sentiría ella? ¿Destrozaría este episodio su vida? ¿Añadiría aun más tristeza a sus pulcros ojos, resplandecientes como luceros en una noche sin luna? Jesús no podía descifrar como afectarían su decisión a Fátima, y eso le mataba por dentro. De nuevo esa necesidad de atar todos los cabos sueltos posibles, de calcular el radio expansivo de una bomba que podía explotar y dejar víctimas colaterales, le aturdía.

No sabía bien que hora era, ni cuanto tiempo llevaba vagando por la ciudad. En un arrebato inusual en él, Jesús decidió dar media vuelta y volver a buscar a Fátima. Aun no sabía si era esa la mejor opción, la de menor riesgo, o al menos la que contaba con el riesgo más calculado, pero se dejó llevar por ese sentimiento que le abordó cuando su antigua compañera de la facultad le entregó una sonrisa complice. Pensó que siempre había tiempo para tirarse de un puente y matarse, pero no todos los días podía salir a cenar con una mujer de la talla de Fátima.

Recorrió el camino de vuelta al hotel a paso ligero, intentando reducir el ruido en su cabeza, de bajar los decibelios creados por el centrifugado potente que atravesaba su cerebro en esos momentos. Intentó en vano recordar alguna de las historias de las que solía hablar con Fátima en la facultad. No sabía a ciencia cierta si tenía hermanos, si sus padres se habían separado, si ella había tenido algún novio durante la carrera del cual acordarse y pegarse un buen par de carcajadas a su costa. Nada. Su mente estaba bloqueada y sólo podía pensar en esos dientes blancos como el marfil y en esos labios que dibujaron la sonrisa más intrigante que nunca hubiera visto.

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“Has llegado justo a tiempo. Creo que cinco minutos más y me hubieras pillado en pijama”, comentó dicharachera Fátima cuando bajó al lobby del hotel a encontrarse con Jesús. “¿A dónde quieres que vayamos?

Jesús se encogió de hombros. Era la primera vez que visitaba Dublín y, obviamente, había planeado muchas cosas, pero donde llevar a cenar a una mujer despampanante no fue una de ellas. Fátima se había puesto unos vaqueros ajustados, que marcaban sus piernas y contorneaban su figura, y llevaba también una chaqueta de cuero marrón debajo de su abrigo.

“La verdad no tengo ni idea. Por qué no empezamos a caminar y ya encontraremos algo”, respondió finalmente Jesús, a lo que Fátima reaccionó con una enorme sonrisa y asintiendo con la cabeza.

La pareja de antiguos amigos empezó a caminar por la orilla del rio Liffey hablando desenfadadamente de los viejos tiempos. El frío era espeluznante y la brisa que subía desde el rio tornaba la situación casi en humanamente insostenible, pero ni Jesús ni Fátima parecían muy preocupados por el estado ambiental. Ambos estaban tremendamente interesados en las historias del otro, en saber y entender todo lo que había ocurrido en los últimos ocho años en cada una de sus vidas. Son pocas las veces que dos almas llegan a conectar en la manera, tan rápida y espontáneamente, como lo hicieron Jesús y Fátima, pero cuando ocurre definitivamente saltan chispas de pasión. Los dos lo notaron, y por alguna extraña razón ninguno opuso resistencia.

“Me casé hace tres años”, dijo de imprevisto Fátima. A Jesús le dio un vuelco el corazón. “Mi marido es una persona espectacular, me adora, pero si te soy sincera, me falta algo. No sé bien que es, no sabría como describirlo. Todos los parámetros superficiales están ahí, y sé que me quiere y me respeta, pero nunca hemos tenido esa conexión que creo que es más necesaria que cualquier otra cosa en una relación”, apuntilló.

Jesús entró en shock. No dijo nada. Solamente asentía despacio y sin ritmo mientras Fátima contaba su historia. Si no había saltado del puente todavía, ahora si tenía la excusa perfecta. Esto probaba sus sospechas: El destino le estaba gastando una broma macabra. Fátima seguía hablando.

“Nunca le he contado esto a nadie, y no sé porque me ha dado por contártelo a ti hoy. Perdóname, ¿vale? No me juzgues. No soy una mala esposa, pero estoy pasando por un momento muy complicado”.

Jesús reaccionó de inmediato. Puso su mano derecha en el arco que formaba Fátima con su brazo izquierdo al tener la mano en el bolsillo del abrigo, y ella apretó su brazo para notar el calor de la mano de Jesús junto a su cuerpo. “No te preocupes. Ni pienso juzgarte, ni pienso decir nada de esto a nadie. Me halaga que me lo hayas confiado, y la verdad creo que te entiendo”.

Fátima le miró fijamente a los ojos y volvió a sonreir. Jesús sintió que el mundo le daba vueltas de repente. Notó un chute de felicidad al mirarle directamente a los ojos a Fátima, y entonces entendió esa tristeza rampante en ellos. Como él, Fátima estaba atada a una realidad que no le satisfacía. Quizás ella no había llegado al punto de desesperación que había llevado a Jesús a querer tirarse del puente de Samuel Beckett, pero supo que ella también guardaba fantasmas que le atormentaban la existencia.

“Yo nunca me he llegado a casar, pero estuve muy cerca una vez”, confesó Jesús aun sujetando con fuerza el brazo de Fátima. “Vivía con mi novia y éramos enormemente felices. Tanto así que decidimos tener un bebé. Ella se quedó embarazada en seguida y empezamos a hacer los preparativos para recibirle. Nos mudamos de casa, compramos la cuna, el carrito, los juguetes. Era todo perfecto”.

“Una mañana, al despertarse, ella se sintió mal. Fue al baño y salió llorando desconsolada gritando que había sangre por todos lados. Nos vestimos y salimos corriendo al hospital, pero no hubo nada que hacer. Cuando llegamos, nuestro bebé ya no respiraba”.

Fátima se frenó en seco. Sacó las manos de los bolsillos y con los ojos llenos de lágrimas que luchaban por no caer rodando por sus mejillas, abrazó con fuerza a Jesús. Con su mano derecha le acariciaba la cabeza mientras la apoyaba en su hombro. No se dijeron ni una palabra durante casi cinco minutos.

Algo después retomaron el camino. Fátima, haciendo caso omiso al frío polar que arrasaba Dublín aquella noche, entrelazó sus dedos con los de Jesús mientras ambos continuaron su camino por la orilla del rio. Intentaron parar en varios sitios a cenar, primero en una hamburguesería, que justo acababa de cerrar, y luego en un barco que hacía las veces de discoteca anclada en el rio, pero la cocina también había cerrado, así que pasaron de largo.

Los antiguos amigos, unidos ahora por esa extraña energía que les atraía como a imanes, se contaron mil historias, siguieron hablando y caminando durante horas. Jesús le contó sobre su trabajo, el cual odiaba, y sobre sus planes de dejar todo de lado y volver a enfocarse en su verdadera pasión. Soñaba con ser entrenador de niños pequeños en un club de fútbol, donde más allá del dinero que pudiera llegar a ganar, sintiera que su trabajo tenía cierto impacto en el mundo. Ella no dejaba de sonreír, sin saber que con ello embrujaba cada vez más a un Jesús que ahora rebosaba ilusión y ganas de vivir. La vida le había dado un vuelco –uno más en una noche para el recuerdo, pensó–, pero ahora pensaba entrar con todo y a por todas. Se acabaron los riesgos calculados.

Fátima le contó que tras la universidad hizo un masters en Harvard, que fue allí donde conoció a su marido, y que se casaron nada más graduarse. Le contó que poco a poco se había apagado el fuego de su relación, que sentía que ambos había crecido a velocidades diferentes y que era sumamente infeliz con él. Sin embargo, sabía que nunca podría dejarle. Sabía que de hacerlo, él no sabría continuar viviendo, y ella no podía cargar con ese remordimiento.

“Quizás estás siendo un poco injusta contigo mismo, ¿no?”, replicó Jesús tratando de aportar un poco de cordura al razonamiento de Fátima. Ella no dijo nada, sólo volvió a sonreir, y Jesús se veía a si mismo caer cada vez más profundamente en su red.

Fátima y Jesús llevaban horas charlando y caminando. Ambos se habían olvidado ya de cenar y el tiempo no parecía existir para ninguno de los dos. Era como si hubieran salido de sus cuerpos terrenales y se hubieran convertido en dos entes en el espacio, donde sólo ellos existían. Nada más y nadie más importaba.

En un momento dado ambos se pararon y se apoyaron en la barandilla que sobrevolaba el rio. La noche estaba completamente cerrada, a esas horas no se oía ni un sólo ruido en todo Dublín, y Fátima le preguntó a Jesús: “¿Te acuerdas de la noche cuando nos conocimos?”

Jesús hizo un esfuerzo sobrehumano buscando en los archivos más empolvados de su memoria. Lo intentó con todas sus fuerzas. Recordó mil charlas en el bar de la facultad, recordó la mítica fiesta de Juan, el viaje a Viena y un día mágico que habían pasado en Barcelona. Recordó el verano que fueron a Mallorca una semana y las preciosas playas escondidas en las que se bañaron y se sintieron más libres que nunca. También recordó la reuniones y las muchas clases que tomaron juntos, donde siempre se sentaban uno al lado del otro. Y el día que yendo hacia clase, Jesús le agarró por la cintura medio en broma, y Fátima lejos de rechazarle, se acomodó a su lado y ambos supieron que habían sentido algo especial en ese momento. Recordó incluso una vez que se pelearon, aunque no llegó a recordar el motivo. Le vino a la memoria –y no entendió como no lo había recordado antes– la vez que Fátima, para su cumpleaños, le invitó a un hotel perdido en el medio de la nada, en un rincón paradisiaco, donde sólo estaban el mar, el sol y ellos durante tres días que bien podrían haber sido los mejores de su vida.

Pero por más que lo intentó, Jesús no pudo recordar la noche en que conoció a Fátima. Ella le miraba con sus ojos llenos de amor y de nostalgia, preciosos con el resplandor de las luces de la ciudad aquella fría noche. Volvió a preguntarle: “Jesús, ¿te acuerdas la noche que nos conocimos?”. Y entonces él le susurró al oído justo lo que Fátima –sin saberlo– esperaba que dijera, la respuesta más apropiada y menos medida que Jesús quizás haya dado a nadie en toda su vida: “Por favor, devuélveme a la noche que nos conocimos”.

Fátima, ahora sí llorando a rienda suelta de alegría, sonrió una vez más, y acariciando suavemente la cara de Jesús, se fundió en un beso apasionado con él. Jesús, –sin tampoco saberlo– y sin proponérselo, había conseguido parte del plan que trazó en su oscura habitación de hotel aquella tarde: Llegar al puente de Samuel Beckett. Sin embargo ahora le sobraban ganas de vivir tras encontrar a Fátima y lo último que hubiera hecho era saltar por encima de la barandilla para acabar con su vida. El destino había vuelto a jugar con él, pero esta vez al tomar un riesgo desmedido, sin miedos ni tapujos, le había salido ganadora la jugada.