Devuélveme a la noche que nos conocimos

La oscura habitación y el frío de la tarde de Dublín no ayudaron mucho. Jesús llevaba meses deprimido.

Su situación, desde un punto de vista objetivo, era envidiable. Era un joven ejecutivo de un tabacalera, en un puesto de cierta responsabilidad que le llevaba a viajar por todo el mundo. Ganaba una pequeña fortuna cada año y era un lince para las inversiones. Recién cumplidos los 30, Jesús contaba con un portfolio que haría aplaudir al propio Warren Buffet, y aunque no podía considerarse completamente independiente económicamente hablando, no es menos cierto que al ritmo que se había marcado muy pronto lo sería.

Desde hacía varios años, Jesús vivía por y para el trabajo. Dadas las frustraciones que había sufrido en su vida personal, nada mejor que volcarse en el día a día, refugiarse en el tedio de una labor que no disfrutaba pero que le había permitido manejarse entre lujos superfluos. Ese enfoque en lo profesional le hacía olvidarse de sus problemas, evadirse. Era la manera más simple de no recordar su familia rota, su falta de afectos, los pocos amigos que le quedaban, el vacío que sentía por dentro cada día al despertar.

Sin embargo esa tarde fue todo diferente. Esa tarde sintió que ya no podía más. Sentado al borde de la cama en su habitación del tercer piso de aquel vetusto hotel, con la mirada perdida en el canal que pasaba sereno justo debajo de su ventana, Jesús sintió por primera vez en mucho tiempo un alivio. Un alivio hondo y dulce. Un alivio que le sobrevino justo en el momento en que decidió que ya no pasaría un día más sobre esta tierra. La idea le llevaba rondando los pensamientos mucho tiempo, pero su cobardía no le dejaba ni siquiera enfocarse en ella cuando se cruzaba por su mente. Pero en ese momento, por algún extraño motivo, todo era diferente. Una claridad inaudita se apoderó de su cuerpo y de su cerebro, un sentimiento de tranquilidad absoluta, una paz interna que prácticamente desconocía, pero que añoraba.

El plan no podía ser más simple. Jesús agarró un papel de la mesita de noche y sin muchas ganas dejó una nota para la posteridad, más porque le parecía lo apropiado en aquel momento que por convencimiento: “No quiero que nadie me llore. Me voy feliz y estaré feliz. Más feliz de lo que jamás estuve en vida. Celebrad por mi”. Dobló el papel con cuidado por la mitad y lo colocó sobre la almohada de la cama. Se puso la chaqueta del traje y los mejores zapatos que había traído en ese viaje. Decidió que lo más sencillo era saltar de un puente, quizás también era lo más poético en este caso, pero desconocía la ciudad y la altura apropiada para saltar al vacío y no dejar espacio a un segundo intento. Tras una rápida búsqueda en internet decidió acercarse al puente de Samuel Beckett, que no sólo parecía el más alto de la ciudad, si no que además pasaba por la parte del rio menos profunda, con lo que el golpe sería seco y certero; fulminante.

Jesús arregló la habitación antes de dar el paso. Ordenó unos papeles, recogió el baño e hizo la maleta. Le sobrevino una noción bastante pudorosa de la imagen que pudiera quedar de él una vez dejara de respirar para siempre. Quizás era el mismo instinto que le empujaba a borrar todas sus conversaciones del móvil cada vez que un avión empezaba a moverse por turbulencias, como si fuera más importante hacer un esfuerzo para que la gente guardara un buen recuerdo suyo una vez muerto que mientras caminó por la tierra. Tras la sesión de limpieza, abrió la puerta de su habitación y respiró profundamente. Su siguientes pasos le conducirían al más allá.

El camino por el estrecho pasillo lo hizo flotando. Sus sentidos estaban bloqueados, su campo de visión no llegaba a más de tres metros de su nariz,  no escuchaba nada más que un continuo zumbido que era cada vez más ruidoso e insoportable. Bajó los tres pisos por el ascensor y llegó al lobby. Vio la puerta de entrada, grande, sin las galanterías de los hoteles antiguos, simplemente adornada con un sensor en el centro del marco para abrir los dos grandes paneles de cristal de manera automática. Se acercó a ellos y sintió el frío de la noche, que ya caía sobre Dublín, calársele hasta los huesos. Fue la primera sensación humana que notaba desde hacía varías horas. Miró a izquierda y a derecha, desorientado, buscando el camino que le llevaría al otro mundo, y tras ajustarse la chaqueta a la altura del cuello con ambas manos, empezó su tétrico viaje.

“¿Jesús?¿Eres tu?”, una voz le llamó desde la distancia y las palabras retumbaron en sus oídos varias veces, como un eco, hasta que se estabilizaron y se hicieron inteligibles. Jesús, perdido como estaba en sus propios pensamientos, no entendió muy bien que pasaba. Giró su cuerpo en la dirección desde la cual llegó la llamada, la cual pudo descifrar como una dulce voz femenina, pero tuvo que fijar la mirada en la figura borrosa que salía de un taxi más allá de los tres metros que sus ojos habían marcado como el limite de visibilidad aquella fatídica noche.

“¿Fátima?”, dijo contrariado Jesús.

“¡Sí, soy yo! ¿Qué haces por aquí? Hace años que no sé nada de ti”.

Contrariado y confundido, Jesús no supo bien como responder. Así que no lo hizo.

“No has cambiado nada. Estás tal y como te recuerdo. ¿A dónde vas?”, preguntó con desparpajo Fátima, una antigua compañera de Jesús en sus años de facultad.

“…pues, iba a cenar algo con unos amigos ahora mismo”. Fue lo primero que le vino a la cabeza mientras intentaba a duras penas recobrar sus sentidos para probar, cuando menos, de enlazar un par de palabras coherentes. “¿Qué haces tú por Dublín? Es cierto, hará por lo menos cinco años que no sabía absolutamente nada de ti”

“¿Cinco? Yo creo que son más. Terminamos la carrera hace ocho y creo que no hemos vuelto a coincidir desde entonces. ¡Qué alegría verte! ¿Cuánto tiempo estarás por Dublín?”

“Hoy es mi última noche”, contestó con gesto serio Jesús.

“Vaya, pues una pena no poder tomarnos algo al menos para recordar viejos tiempos”.

Jesús, que llevaba un par de minutos lejos de su estado alterado de conciencia de muerto viviente y había recobrado el sentido y el riego sanguíneo al cerebro, sintió un calor en el vientre que hacía meses que no sentía. De repente, encontrarse a una amiga del pasado, de ese tiempo en el que la vida todavía no le había pegado ostias de todos los colores, le hizo sentirse vivo de nuevo. Se agolparon en su mente imágenes de sus años de universidad, de las fiestas con los amigos que creyó que serían para toda la vida, de los viajes inacabables en busca de cualquier aventura, de las tardes en los bares discutiendo y arreglando el mundo de la manera que sólo un grupo de inocentes estudiantes puede hacerlo.

Y recordó a Fátima. Ella si estaba cambiada. Jesús la recordaba como una niña cariacontencida, algo apagada. No era excesivamente alta, ni excesivamente guapa, aunque tampoco era excesivamente baja, ni excesivamente fea. Era una de las chicas con las que más solía compartir durante las horas muertas en la facultad. Hablaban de todo: de sus problemas con las chicas y los chicos, de las ganas de dejar todo tirado y marcharse a vivir a una comuna en las montañas de California, de lo mal que les caía el profesor de química, y de los miedos que –ya a esa edad– inundaban sus imberbes corazones. Ahora, Fátima era completamente diferente. Sin que ella se diera cuenta, Jesús no pudo evitar mirarla de arriba a abajo, y confirmar que tenía un tipo espectacular. Alta, esbelta, llevaba puesto un abrigo largo pero estrecho, que resaltaba su figura, y unos zapatos con tacón alto que le hacían sobrepasar a Jesús en altura.

Lo que no había cambiado en ella era su cara. La tristeza que siempre llevó tan a flor de piel seguía muy presente en sus ojos, grandes como platos, pero caídos y sin vida. Unas ojeras imponentes les acompañaban para dar quizás incluso más sensación de desesperación. Sin embargo su sonrisa lo eclipsaba todo. Jesús intento brevemente recordarla, pero en su memoria no había registrado ese atributo de la Fátima que conoció cuando recién empezaba a madurar. Jamás le había impactado tanto un simple gesto. Cuando vio que ella, mientras esperaba una reacción suya, simplemente estiró las comisuras de sus labios en ambas direcciones y le regaló la sonrisa más dulce, dejando entrever tras de si unos dientes blancos perfectos, a Jesús se le encendió algo en la boca del estomago que no supo bien como categorizar. De repente, notó la sangre circular de nuevo por sus venas, ardiendo, mucho más diluida que la sustancia pastosa que viajaba normalmente, aburrida y desilusionada. por su sistema sanguíneo.

Jesús estaba completamente confundido. Aturdido, mejor dicho. En cuestión de unos segundos, que en su cabeza bien podrían haber sido horas, intentó entender la situación en todo su contexto. ¿Qué le estaba pasando? ¿Dónde había quedado el plan trazado para acabar con su propia vida? ¿De dónde había salido Fátima y por qué justamente ese día tenía que encontrarse con ella? ¿Era está la última y más pesada broma que el destino pensaba gastarle? ¿Cómo podía Fátima sonreir con esos deliciosos labios carnosos y a la vez mostrar tanta tristeza en sus gigantescos ojos?

Al final, cuando logró reaccionar, Jesús expuso sin reparo: “bueno, en realidad sólo voy a tomar algo con estos amigos. Si quieres vuelvo rápido y podemos salir a cenar juntos”. La cabeza le daba vueltas, sentía cosas que no era capaz de describir, el tiempo dentro de su cuerpo y fuera del mismo pasaba a dos velocidades diametralmente opuestas, y no era capaz de discernir cual era el real, ni en que plano se encontraba Fátima. Quizás su propuesta había llegado horas después de que ella, cansada de esperar y muerta de frío, se hubiera marchado dejando a Jesús parado en la entrada del hotel esperando a juntar los espacios temporales de su cuerpo y de su cerebro. O quizás, quien sabe si también por obra y gracia del destino, el timing había sido impecable y ella no había notado el desfase químico que estaba ocurriendo delante de sus propias narices. De repente volvió a escuchar su voz, angelical, suave, y que ya no retumbaba en sus oídos.

“Vale, perfecto. Así me da tiempo a ducharme y cambiarme antes. Pregunta por mí en recepción cuando vuelvas”, dijo ella con esa sonrisa que hacía que a Jesús le temblaran las rodillas. “Pero no tardes mucho, que entonces me quedaré dormida”.

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Jesús vagó por las calles de Dublín durante varios minutos sin rumbo ni dirección. No podía borrar de su mente esa sonrisa que había olvidado tras casi una década sin verla. ¿Cómo podía haberse olvidado? Fátima no le había impactado; literalmente le había atropellado con un coche a ciento setenta kilómetros por hora y le había hecho dar siete vueltas de campana. Él, que no era el típico hombre enamoradizo y rayaba mucho más cerca del prototipo del viejo cascarrabias y de vuelta de todo, se encontraba ahora ante la disyuntiva más importante de su vida: Acabar con ella o abrazarla con toda su renovada fé.

Decidió no tomar ninguna decisión demasiado arriesgada. Como buen inversor, Jesús estaba acostumbrado a medir todos y cada uno de los ángulos posibles en cualquier situación. Calcular el riesgo era su gran afición, era una forma cobarde de tomar siempre la decisión que menos pudiera dañarle, aunque por supuesto él se lo planteaba a si mismo como la manera más inteligente e informada de no meter la pata. Nada más lejos de la realidad. Esa estúpida manía era, a buen seguro, la culpable de muchos de los problemas que había tenido en su vida. Era sin duda el motivo porque el cual no persiguió su pasión por el fútbol como profesión y acabó trabajando en una industria que, simple y llanamente, mató su alma –poco a poco, día a día, puñalada a puñalada–; que acabó con la extraordinaria energía que en algún momento tuvo. Era, también sin duda, la razón por la que nunca había mantenido una relación duradera. Siempre era más fácil buscar excusas para sabotearla, buscar la forma o el motivo por el cual tenía más sentido estar sólo a largo plazo que con cualquier chica que hubiera demostrado querer pasar tiempo con él, conocerle, quererle, sufrirle. Jesús siempre encontraba la forma de acabar con sus relaciones, escudado en ese análisis subjetivo al que sometía todas las decisiones de su vida.

También es cierto que algo bueno había sacado de esa fijación con el milimetrismo a la hora de tomar cartas en algún asunto. Ahora mismo, Jesús estaba vivo –eso también se debía a su fijación por los riesgos calculados. Los más hirientes críticos (como él mismo era en sus momentos más bajos) le llamarían cobardía, pero lo cierto es que hasta esa tarde, sentado en el filo de la cama de su habitación en la tercera planta de aquel oxidado hotel en el centro de Dublín, Jesús no había sido capaz de quitarse la vida y esto se debía, ni más ni menos, a la imposibilidad de calcular todas las hipótesis posibles que tal radical acción desataría. Y es que todo lo malo trae consigo algo bueno, y viceversa.

Caminando por Dublín pensando en los siguientes pasos cruciales, Jesús rápidamente cayó en la cuenta de que estaba completamente en la dirección opuesta al puente de Samuel Beckett. Lo cierto era que en el tiempo que había pasado desde que se despidió de Fátima y ese preciso instante, el potencial suicida había pensado en mil cosas excepto en quitarse la vida. Entonces pensó en la magia de llevar a cabo su plan inicial, dejando así a su amiga esperando por su regreso, sin que ella supiera jamás si él se retraso por descuidado o por hacerle un feo. Claro, a la mañana siguiente, Fátima seguramente desayunaría con la noticia de que su amigo se había precipitado a su muerte voluntariamente desde un puente, minutos después de haber coincidido con ella en la puerta de un hotel de Dublín. ¿Cómo se sentiría ella? ¿Destrozaría este episodio su vida? ¿Añadiría aun más tristeza a sus pulcros ojos, resplandecientes como luceros en una noche sin luna? Jesús no podía descifrar como afectarían sus acciones a Fátima, y eso le mataba por dentro. De nuevo esa necesidad de atar todos los cabos sueltos posibles, de calcular el radio expansivo de una bomba que podía explotar y dejar víctimas colaterales, le aturdía.

No sabía bien que hora era, ni cuanto tiempo llevaba vagando por la ciudad. En un arrebato inusual en él, Jesús decidió dar media vuelta y volver a buscar a Fátima. Aun no sabía si era esa la mejor opción, la de menor riesgo, o al menos la que contaba con el riesgo más calculado, pero se dejó llevar por ese sentimiento que le abordó cuando su antigua compañera de la facultad le entregó una sonrisa complice. Pensó que siempre había tiempo para tirarse de un puente y matarse, pero no todos los días podía salir a cenar con una mujer de la talla de Fátima.

Recorrió el camino de vuelta al hotel a paso ligero, intentando reducir el ruido en su cabeza, de bajar los decibelios creados por el centrifugado potente que atravesaba su cerebro en esos momentos. Intentó en vano recordar alguna de las historias de las que solía hablar con Fátima en la facultad. No sabía a ciencia cierta si tenía hermanos, si sus padres se habían separado, si ella había tenido algún novio durante la carrera del cual acordarse y pegarse un buen par de carcajadas a su costa. Nada. Su mente estaba en blanco y sólo podía pensar en esos dientes blancos como el marfil y en esos labios que dibujaron la sonrisa más intrigante que nunca hubiera visto.

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“Has llegado justo a tiempo. Creo que cinco minutos más y me hubieras pillado en pijama”, comentó dicharachera Fátima cuando bajó al lobby del hotel a encontrarse con Jesús. “¿A dónde quieres que vayamos?

Jesús se encogió de hombros. Era la primera vez que visitaba Dublín y, obviamente, había planeado muchas cosas, pero donde llevar a cenar a una mujer despampanante no fue una de ellas. Fátima se había puesto unos vaqueros ajustados, que marcaban sus piernas y contorneaban su figura, y llevaba también una chaqueta de cuero marrón debajo de su abrigo.

“La verdad no tengo ni idea. Por qué no empezamos a caminar y ya encontraremos algo”, respondió finalmente Jesús, a lo que Fátima reaccionó con una enorme sonrisa y asintiendo con la cabeza.

La pareja de antiguos amigos empezó a caminar por la orilla del rio Liffey hablando desenfadadamente de los viejos tiempos. El frío era espeluznante y la brisa que subía desde el rio tornaba la situación casi en insostenible, pero ni Jesús ni Fátima parecían muy preocupados por el estado ambiental. Ambos estaban tremendamente interesados en las historias del otro, en saber y entender todo lo que había ocurrido en los últimos ocho años en cada una de sus vidas. Son pocas las veces que dos almas llegan a conectar en la manera, tan rápida y espontáneamente, como lo hicieron Jesús y Fátima, pero cuando ocurren definitivamente saltan chispas de pasión. Los dos lo notaron, y por alguna extraña razón ninguno opuso resistencia.

“Me casé hace tres años”, dijo de imprevisto Fátima. A Jesús le dio un vuelco el corazón. “Mi marido es una persona espectacular, me adora, pero si te soy sincera, me falta algo. No sé bien que es, no sabría como describirlo. Todos los parámetros superficiales están ahí, y sé que me quiere y me respeta, pero nunca hemos tenido esa conexión que creo que es más necesaria que cualquier otra cosa en una relación”, apuntilló.

Jesús entró en shock. No dijo nada. Solamente asentía despacio y sin ritmo mientras Fátima contaba su historia. Si no había saltado del puente todavía, ahora si tenía la excusa perfecta. Esto probaba sus sospechas: El destino le estaba gastando una broma macabra. Fátima seguía hablando.

“Nunca le he contado esto a nadie, y no sé porque me ha dado por contártelo a ti hoy. Perdóname, ¿vale? No me juzgues. No soy una mala esposa, pero estoy pasando por un momento muy complicado”.

Jesús reaccionó de inmediato. Puso su mano derecha en el arco que formaba Fátima con su brazo izquierdo al tener las manos en los bolsillos, y ella apretó su brazo para notar el calor de la mano de Jesús junto a su cuerpo. “No te preocupes. Ni pienso juzgarte, ni pienso decir nada de esto a nadie. Me halaga que me lo hayas confiado, y la verdad creo que te entiendo”.

Fátima le miró fijamente a los ojos y volvió a sonreir. Jesús sintió que el mundo le daba vueltas de repente. Notó un chute de felicidad al mirarle directamente a los ojos a Fátima, y entonces entendió esa tristeza rampante en ellos. Como él, Fátima estaba atada a una realidad que no le satisfacía. Quizás ella no había llegado al punto de desesperación que había llevado a Jesús a querer tirarse del puente de Samuel Beckett, pero supo que ella también guardaba fantasmas que le atormentaban la existencia.

“Yo nunca me he llegado a casar, pero estuve muy cerca una vez”, confesó Jesús aun sujetando con fuerza el brazo de Fátima. “Vivía con mi novia y éramos enormemente felices. Tanto así que decidimos tener un bebé. Ella se quedó embarazada en seguida y empezamos a hacer los preparativos para recibirle. Nos mudamos de casa, compramos la cuna, el carrito, los juguetes. Era todo perfecto”.

“Una mañana, al despertarse, ella se sintió mal. Fue al baño y salió llorando desconsolada gritando que había sangre por todos lados. Nos vestimos y salimos corriendo al hospital, pero no hubo nada que hacer. Cuando llegamos, nuestro bebé ya no respiraba”.

Fátima se frenó en seco. Sacó las manos de los bolsillos y con los ojos llenos de lágrimas que luchaban por no caer rodando por sus mejillas, abrazó con fuerza a Jesús. Con su mano le acariciaba la cabeza mientras la apoyaba en su hombro. No se dijeron ni una palabra durante casi cinco minutos.

Algo después retomaron el camino. Fátima, haciendo caso omiso al frío polar que arrasaba Dublín, entrelazó sus dedos con los de Jesús mientras ambos continuaron su camino por la orilla del rio. Intentaron parar en varios sitios a cenar, primero en una hamburguesería, que justo acababa de cerrar, y luego en un barco que hacía las veces de discoteca anclada en el rio, pero la cocina también había cerrado, así que pasaron de largo.

Los antiguos amigos, unidos ahora por esa extraña energía que les atraía como a imanes, se contaron mil historias, siguieron hablando y caminando durante horas. Jesús le contó sobre su trabajo, el cual odiaba, y sobre sus planes de dejar todo de lado y volver a enfocarse en su verdadera pasión. Soñaba con ser entrenador de niños pequeños en un club de fútbol, donde más allá del dinero que pudiera llegar a ganar, sintiera que su trabajo tenía cierto impacto en el mundo. Ella no dejaba de sonreir, sin saber que con ello embrujaba cada vez más a un Jesús que ahora rebosaba de ilusión y ganas de vivir. La vida le había dado un vuelco –uno más en una noche para el recuerdo, pensó–, pero ahora pensaba entrar con todo y a por todas. Se acabaron los riesgos calculados.

Fátima le contó que tras la universidad hizo un masters en Harvard, que fue allí donde conoció a su marido, y que se casaron nada más graduarse. Le contó que poco a poco se había apagado el fuego de su relación, que sentía que ambos había crecido a velocidades diferentes y que era sumamente infeliz con él. Sin embargo, sabía que nunca podría dejarle. Sabía que de hacerlo, él no podría continuar viviendo, y ella no podía cargar con ese remordimiento de conciencia.

“Quizás estás siendo un poco injusta contigo mismo, ¿no?”, replicó Jesús tratando de aportar un poco de cordura al razonamiento de Fátima. Ella no dijo nada, sólo volvió a sonreir, y Jesús se veía a si mismo caer cada vez más profundamente en su red.

Fátima y Jesús llevaban horas charlando y caminando. Ambos se habían olvidado ya de cenar y el tiempo no parecía existir para ninguno de los dos. Era como si hubieran salido de sus cuerpos terrenales y se hubieran convertido en dos entes en el espacio, donde sólo ellos existían. Nada más y nadie más importaba.

En un momento dado ambos se pararon y se apoyaron en la barandilla que sobrevolaba el rio. La noche estaba completamente cerrada, a esas horas no se oía ni un sólo ruido en todo Dublín, y Fátima le preguntó a Jesús: “¿Te acuerdas de la noche cuando nos conocimos?”

Jesús hizo un esfuerzo sobrehumano buscando en los archivos más empolvados de su memoria. Lo intentó con todas sus fuerzas: Recordó mil charlas en el bar de la facultad, recordó la fiesta de Juan, el viaje a Viena y un día mágico que habían pasado en Barcelona. Recordó el verano que fueron a Mallorca una semana y las preciosas playas escondidas en las que se bañaron y se sintieron más libres que nunca. También recordó la reuniones y las muchas clases que tomaron juntos, donde siempre se sentaban uno al lado del otro. Y el día que yendo hacia clase, Jesús le agarró por la cintura medio en broma, y Fátima lejos de rechazarle, se acomodó a su lado y ambos supieron que habían sentido algo especial en ese momento. Recordó incluso una vez que se pelearon, aunque no llegó a recordar el motivo. Le vino a la memoria –y no entendió como no lo había recordado antes– la vez que Fátima, para su cumpleaños, le invitó a un hotel perdido en el medio de la nada, en un rincón paradisiaco, donde sólo estaban el mar, el sol y ellos durante tres días que bien podrían haber sido los mejores de su vida.

Pero por más que lo intentó, Jesús no pudo recordar la noche en que conoció a Fátima. Ella le miraba con sus ojos llenos de amor y de nostalgia, preciosos con el resplandor de las luces de la ciudad aquella fría noche. Volvió a preguntarle: “Jesús, ¿te acuerdas la noche que nos conocimos?”. Y entonces él le susurró al oído justo lo que Fátima –sin saberlo– esperaba que dijera, la respuesta más apropiada y menos medida que Jesús quizás haya dado a nadie en toda su vida: “Por favor, devuélveme a la noche que nos conocimos”.

Fátima, ahora sí llorando a rienda suelta de alegría, sonrió, y acariciando suavemente la cara de Jesús, se fundió en un beso apasionado con él. Jesús, –sin tampoco saberlo– y sin proponérselo, había conseguido parte del plan que trazó en su oscura habitación de hotel aquella tarde: Llegar al puente de Samuel Beckett. Sin embargo ahora le sobraban ganas de vivir tras encontrar a Fátima y lo último que hubiera hecho hubiera sido saltar por encima de la barandilla para acabar con su vida. El destino había vuelto a jugar con él, pero esta vez tomar un riesgo desmedido, sin miedos ni tapujos, le había salido a ganar.

 

Mi hermano

Un año más, mi última entrada del año (o la primera del año nuevo, depende como se mire) va dedicada a mi hermano. El Mortero, o Joaquín, como le conocen los que más le quieren, es un tio cojonudo, que aun no se ha dado cuenta de que lo es.

Mantengo la teoría de que mi hermano es mucho más “cool” de lo que él se cree. Mi hermano es un tio al que todo el mundo, y sí, me refiero a TODO EL MUNDO, adora. Es un tio que cae bien, que gusta, que es agradable para conversar y para compartir ideas. Es un tio que tiene mundo ( y el que no tiene se lo inventa, pero eso da para otro blog), y con quien se disfruta charlar y compartir puntos de vista.

Sin embargo, hace un tiempo que mi hermano está de capa caída. La vida le ha dado tres vueltas de campana, y aunque yo creo que ha caído de pie, como los gatos, entiendo que a veces se sienta un poco perdido. Perdido, sobre todo, porque ha perdido el Norte. Hasta hace poco más de un año su vida tenía un plan, trazado hace diez años en una iglesia de la 97 avenida con la 104 calle del southwest de Miami. Ahora, el camino no está trazado y el que tiene que descubrirlo, caminando, es él mismo. Y eso es jodido, porque a todos nos da miedo tomar decisiones arriesgadas y decidir que rumbo ha de tomar nuestra vida.

Pero mi hermano tiene mucha suerte también. Tiene la suerte de tener un padre y una madre que se desviven por él, aunque a veces ni él se dé cuenta. Tien la suerte de que su hermana le adore con locura y que haga por él lo que no haría por nadie en esta vida ni en otra. Y la suerte de tener a su amigo Robert y al Pelao y a Álvaro y a mi tio Sebastián y sí, porque no, tiene suerte de tenerme a mí, su hermano.

Yo, la verdad, hay noches que no puedo dormir pensando en mi hermano. Porque me da rabia que las esté pasando canutas, y que sufra y que no sepa que dirección tomar. Me da miedo que no se cuide y que ponga en riesgo ese riñón que Dios, si existe, puso en su camino hace ya siete años. Y me jode, muchísimo, que se sienta tan contrariado en su vida. Me aterroriza que se equivoque y que no priorice  las cosas que tienen que tener un prioridad en su vida: Su salud y sus hijos. Sus hijos y su salud.

Por eso, en 2012, sólo le he pedido al destino que me regale más años en este mundo con mi padre y que cuide de mi hermano. De lo demás ya me ocupo yo. He de planear un boda y hacer feliz a una futura esposa; no hay problema. Tengo que llamar a mi hermana todas las semanas y decirle que la quiero; sin drama. Tengo que trabajar duro para que mañana sea mejor que ayer, pero peor que pasado mañana; hecho. Pero en lo que tiene que ver con mi hermano, mucho me temo, que no tengo mucho que hacer.

Lo que pasa es que mi hermano es muy cabezón. A él sólo le gusta escuchar lo que él quiere escuchar, y lo que es autocrítica…bueno, digamos que no tiene mucha. Y esto no es malo. Es como es, y eso le hace diferente. Tiene tanta confianza en si mismo, que ayer me aseguró que no sólo piensa hacer un half ironman, sino que además planea escalar el Everest, escribir una novela y, si no ha cambiado de idea, terminar un masters universitario. Yo admiro su determinación, pero me da miedo que por mucho abarcar no apriete tanto. Porque al final, no se trata de hacer todo, sino de hacer bien lo que hagas.

Joaquín es un tio que necesita retos, retos grandes. Nunca le han ido las medias tintas. Él, o es negro o es blanco, pero nunca gris. O se lee 20 libros en un año, o no se lee ninguno. Es así, mi hermano. Y así lo entendemos y lo queremos todos. Sin florituras, sin conservantes ni colorantes. Solamente, así, como es él.

Me gustaría, eso sí, que por fin, a sus 35 años, se diera cuenta que la persona que es, es mucho mejor que la persona que pretende ser. Quizás así podrá relajarse y disfrutar de la vida, que aunque te suela dar alguna que otra hostia, vale mucho la pena vivir y disfrutarla. Sobre todo él, que tiene a dos hijos como dos soles, que lo admiran y que buscan en él su espejo para seguir creciendo.

Ojalá Joaquín, en 2012, se dé cuenta de lo mucho que le necesitamos.

Finding Nemo

Hace tiempo, y con muy mal gusto en mi modesta opinión, el diario Marca utilizó la siguiente portada para ilustrar la camaradería y el buen rollo que se había instalado en el vestuario madridista de camino a la “tormenta de clásicos” de la primavera pasada.

En ella, el alemán Mesüt Ozil se veía reflejado como el líder de una quinta donde todos se llevaban bien y se ponían motes cariñosos. Algunos rebuscados, otros simplones, la mayoría denotando grandes cantidades de mal gusto. Pero la cuestión es que Ozil era el líder, el que tiraba del carro, la estrella… y su mote era NEMO.

Bien. Pues hoy, 8 meses después, Ozil no está. Su calidad sigue intacta. Nos la muestra por cuentagotas, y la hemos visto en partidos con su selección, pero el jugador, el hombre, no está. No se sabe bien el motivo, pero Mesüt camina –vaga, mejor dicho– por el campo como alma en pena. El alemán no participa ni del juego ni de la finalización. Se esconde, no busca el desmarque, ni al compañero mejor habilitado. No arriesga con pases entre líneas, ni verticales, y es desesperante verle intentar los controles inverosímiles que antes de ayer era capaz de enebrar con los ojos cerrados, y que hoy le hacen parecerse más a un muro de colegio en el cual rebotan los balones para salir despedidos sin pausa ni dirección.

En Madrid corren los rumores de que a Ozil le ha afligido el “mal de Snjeider”. Es decir, que un chico de 23 años, que llegó de la fría ciudad de Bremen con su mujer el año pasado y se dedicó a intentar ser la batuta de uno de los mejores equipos del planeta, de repente se ha visto divorciado en la cosmopolita capital española, y con demasiados lugares más apetitosos que su cama donde pasar las noches. Es gracioso pensar que las juergas nocturnas puedan influir tanto en el rendimiento de un jugador, pero en el Real Madrid, y al mismo tiempo, se dieron los dos casos: dos grandes jugadores –salvando las distancias–, con técnica de sobra y clase que se les salía por las orejas; Guti y Zidane. A uno le tiraba la noche y llegó a comentar que él se veía en una discoteca “ahora” (a los 30) y no con 60 años. El otro, un monje tibetano poco menos, se dedicaba a entrenar, a cuidar su cuerpo, a disfrutar de su familia y a su trabajo. Practicaba yoga todas las mañanas, y meditaba a medio día. Zidane ganó un Mundial y llegó a la final de otro. Como jugador de fútbol lo ganó todo, tanto en la Juve como en el Madrid. Guti ganó 3 Copas de Europa sin jugar un minuto en ninguna final, y salió por la puerta de atrás para irse al Besiktas. Esa es la diferencia.

Yo no sé si Ozil tiene el “mal de Snjeider” (otro caso de descarrilamiento futbolístico a causa de la noche madrileña), pero lo que si es cierto es que a Mourinho le toca encontrar a Nemo. En un mediocampo como el madridista, donde no afloran los jugadores habituados al toque y al buen manejo del balón, que Ozil no esté enchufado es un peligro. Ayer, durante el partido contra el Barcelona, se dieron mil historias, y todas contribuyeron a un nuevo repaso blaugrana. Muchas apuntarán a Mou, a Ronaldo, a la falta de presión en el mediocampo, al esquema, a Coentrao, e incluso al bueno del delegado de campo, Agustín Herrerín. Pero yo creo que el problema fue, claramente y por encima de ningún otro, el hecho de que el Madrid jugó 70 minutos con un jugador menos.

Y no una pieza cualquiera. Un equipo (no contra el Barcelona, precisamente, pero en general) puede darse el lujo de ganar un partido con un jugador que no rinde a su plenitud. Un partido en el que tu lateral tenga un mal día y se coma tres amages que resulten en dos goles, se puede ver contrarrestado por una gran actuación de tu estrella, que puede marcar un hat trick sin despeinarse. Pero fallar en la posición de Ozil, y contra el Barcelona, es demasiada tara.

El equipo de Pep llegó a aglutinar a 6 jugadores en el medio campo. Por las bandas, Iniesta y Álves ensanchaban el campo, por delante de la defensa Sergio echaba el ancla ante los centrales. En los interiores, Xavi y Cesc permutaban sus posiciones sin parar, al unísono, balanceados. Siempre se decolgaba alguien, hacia arriba o hacia abajo. Todos los rebotes, despejes, salidas del balón, encontraban puerto en el que encallar… y luego estaba Messi. Sin tener su mejor partido, como en los dos de la Supercopa, su superioridad es tan obvia, que rompe cualquier esquema y consigna táctica rival. Además, enfrentando al Madrid no tiende a empantanarse tanto como cuando visita los campos de Granada, San Sebastián o Getafe, por otro lado, algo totalmente normal en un ser humano. Pero lo dicho, 6 jugadores (4 campeones del Mundo, el lateral titular brasileño y el mejor jugador del planeta. O sea, no 6 cualquieras…) rondaban un medio campo en el que cual el Madrid intentaba imponerse con el estratosférico Xabi Alonso, que encima ayer no tuvo su día, y el peleón Lass (poco más que añadir).

No hay que ser un gran entendedor de fútbol para entender la ecuación de segundo de primaria que se nos presentaba: Si en una guerra un bando tiene 6 y el otro 2, ¿quién tiene más posibilidades de ganar?

Y en todo esto, ¿qué tiene que ver Ozil? Todo. O mucho, mejor dicho.

Porque Ozil es el jugador que tiene que aguantar el balón. Además, en un partido en el que tienes la suerte de ponerte por delante en el marcador a los 22 segundos de partido, es a un jugador como Ozil a quien tienen que llegar el 90% de los balones. ¿Recuerdan la final de la Copa Intercontinental del año 2000, Boca Juniors – Real Madrid? Los argentinos se adelantaron, dos goles en cinco minutos, y luego el Madrid fue mejor y llevo más peligro al arco rival, pero Riquelme, el diez, el que mandaba, pidió la pelota, la pisó, la movió, la escondió, así hasta que acabó el partido. Bianchi sabía que no se podía enfrentar en el cuerpo a cuerpo al Real Madrid, y el partido se le pusó de cara, como ayer al Madrid. La única diferencia fue que su jugador clave, el que tenía que destatacar, destacó. Dio el paso al frente y se acabó llevando la gloria. Ozil ayer, y ya son muchos los partidos importantes en los que se borra, no estuvo.

Y si estuvo, se escondió. Sin él, el equipo naufragó en el medio campo. Benzema hizó un partido primoroso, demostró su calidad, se ofreció, se desmarcó, no perdió un balón y siempre creó peligro, pero no tuvo un lazo con esos dos cortavientos en que se convirtieron Xabi y Lass. Ronaldo andaba peleándose con si mismo y Di Maria fue todo esfuerzo y nada de acierto, justo en el partido en el que más pausa se necesitaba de él, asi que poco o nada quedó del ataque Madridista.

Obviamente, Mourniho tiene trabajo por delante. El problema del equipo ante el Barcelona parece más sicológico que otra cosa. No se puede explicar de otra forma que un equipo que anda con paso tan firme por todos los campeonatos, que apenas concede goles y que apabulla a sus rivales a goleadas, se encontrara con todo de cara para ejecutar al Pep-Team y acabara derrumbado.

Lo dicho, mucho trabajo para Mourinho, sobre todo anímico, del que le tocó hacer con Benzema o Kaká, hoy recuperados para la causa. Le vendría bien alguna sesión con Marcelo, con Coentrao, con CR7… pero sobre todo con Ozil.

Él es el eslabón perdido en estos momentos.

Un mundo de juicios

Siempre he dicho que me parece que la inmediatez en el fútbol, como en la vida, no conlleva a nada bueno. Hoy escuchaba la radio, después que el Real Madrid ganara 7-1 y el Barcelona empatara, a última hora, 2-2, y me quedé muy sorprendido.

Primero, me sorprendió que los que llevan siglos criticando que el Madrid es un equipo hecho a base de talonario que no juega a nada, después de un mes de brillar contra equipos de medio pelo aseguran que es algo así como el Milan de Sacchi.

Después, me sorprendió que los mismos que hace dos meses aseguraban que el Barcelona no tendría quien le parara, que si viniendo de la playa le ganaban a un Madrid mucho mejor preparado qué no iban a ganar este año, y todas esas cosas, ahora dicen que: “Bueno, es muy pronto para hacer aseveraciones. Los partidos no se pueden criticar uno a uno, sino en conjunto, porque un equipo siempre puede tener un mal día”. No entendía lo que estaba pasando. De un día a otro la gente se contradice, y nadie pone el grito en el cielo. ¿Estamos prestando atención?  Uno de los comentaristas acabó sugiriendo entre risas que, si no se puede debatir después de cada partido, mejor que cierren la radio y se vayan a su casa. Y ese es precisamente el problema. Parece que es el todo o nada. O decimos tonterías o no decimos nada. ¿Y el criterio donde queda?

Hace un tiempo abarqué este conflicto en mi entrada titulada, Periodismo Deportivo: Dónde dije digo, digo Diego, en el cual alegaba que la gente (y el periodismo) esta incitada a emitir juicios inmediatos, sin tiempo de reflexión ni para formular opiniones friamente. Es todo muy light, como suele decir Menotti. El periodismo hoy en día se está perdiendo en un mar de facciones de legionarios de uno u otro bando, pero faltos de ideología propia. Hay mucho amiguismo, y como no, un amigo siempre lo va a hacer bien… aunque lo haga mal. Es un poco el problema de estos tiempos que corren, de nuestra sociedad, que las personas sólo parecen mirarse al ombligo, y nada más. Que hay mucho miedo al que dirán y que la gente no suele ir de frente.

Ojo, también entiendo que quizás esto ha ocurrido toda la vida, pero como antes no había forma de corroborar lo que el otro había dicho un mes atrás (los periódicos se tiraban, los audios de las radios no llegaban a tanta gente ni se grababan en ordenadores, no había emails ni blogs ni twitters…), pues todo quedaba un poco en el aire; como las historias que contaban los juglares de pueblo en pueblo, y que si la escuchabas tres veces, ninguna era exactamente igual.

En este sentido, no soy muy romántico. Más bien pragmático, y casi cínico. Yo no digo que un periodista salve vidas; tampoco que sea más importante o menos que un bombero o un doctor, pero sí entiendo que el periodista tiene una responsabilidad. Y esa responsabilidad, que yo aprendí en la universidad y otros en la vida misma, es la de informar, pura y duramente, sin miramientos y con objetividad. Está bien que la objetividad es algo muy subjetivo (tiene gracia, ¿no?), pero hay que intentar buscarla. Y si no se puede ser objetivo, al menos hay que intentar ser honesto, pulcro y verídico, cuando menos. Por que, obviamente, es imposible que te guste el deporte y no ser hincha de tal o cual equipo, pero cuando tu amor por unos colores te lleva al punto de quedar cegado ante la realidad, es el momento de llenarse de introspección y dar un paso al costado. Veo hoy en día en los medios (de manera exponencial, además, por culpa de Twitter, Facebook, y la proliferación de espacios deportivos en blogs, televisión y radio) una peligrosa tendencia a barrer cada uno para su costado, y la gente (el consumidor de los medios) parece haberlo aceptado.

Es decir: uno ya no se lee un periódico para que le digan lo que ha pasado. No. El periódico ahora se hace teniendo en mente lo que el lector quiere leer. Vamos, que no importa lo que haya pasado en realidad, si el lector lo que busca es noticias bonitas, rosas o amarillas, del Madrid, toma que te doy (Sahin hace un partidazo en secreto, Varane espectacular, Los motes del vestuario blanco, etc.) Y si lo que quiere es leer sobre la obra y milagros del Pep-Team, pues a un empate en el último minuto sobre un campo mojado lo titulamos “Baño de Fútbol”, y todos felices.

Lo peligroso de esto, y lo digo de forma totalmente seria, es que apunta a la confusión. Yo ya no sé donde leer las noticias que de verdad son la verdad. Uno solía tener como referencia de buena prensa a El País, en España, pero hace tiempo que este periódico se ha convertido en una caricatura de lo que fue. Cabe decir que sigue siendo (para mi humilde entender) de lo mejorcito que sale de la península ibérica –mejor al menos que el infumable El Mundo o el ideario del Opus Dei, ABC— , pero la sección de deportes, por ejemplo, ha quedado totalmente desprestigiada desde hace casi un lustro.

La redacción encabezada por José Sámano y con grandes plumas como John Carlin, Cayetano Ros, Ramón Besa o Diego Torres, se ha convertido en un panfleto de alegoría al F.C. Barcelona, y en el magazín propagandístico más enquistado en contra de todo lo que huela a José Mourinho (ojo, no contra el Madrid, sino contra Mourinho y sus secuaces). El señor Diego Torres, para ser más exactos, ha emprendido una guerra sin cuartel contra el preparador luso, su agente, los jugadores que este a su vez representa y, casi, contra toda la nación portuguesa. Mucha guasa (y es que ya parece broma el empecinamiento) tiene la desidia con la que se esplaya sobre Fabio Coentrao día tras día; un tipo que, además, parece buena persona, y que quizás su único pecado sea haber sido fichado por 30 millones de euros, y teñirse el pelo con unas mechas horribles. ¿Pero qué se le va a hacer? Quizás esta gente esté simplemente luchando por mantener su trabajo y se vean esclavos de un cruel editor sin cara, ni firma, que les azota con un látigo para que sigan su malvada línea editorial. ¿Quién sabe?

La cuestión es que escuchando el debate en la radio española esta tarde me puse a pensar de nuevo en el mal estado del periodismo hoy día. No sé si hace 40 o 50 años las cosas eran también así, pero sí tengo claro que hoy hay demasiados intereses de por medio. Hoy todo el mundo está vendiendo un producto. El periodista ya no informa, te vende su información, y esta tiene que ser mejor que la que te vende la competencia, más rápida y, además, del tipo y modo que más le convenga al lector/oyente/televidente.

Así, acabamos en el camarote de los hermanos Marx, pues como decía Groucho: “Yo tengo mis principios, pero si no le gustan tengo otros”.

Son esas prisas por dar la información antes que nadie, aunque sea de forma rápida y poco mesurada , justamente, las que me parecen que desatan la locura.

De manera tal que incluso los buenos periodistas, como mi amigo Diego Pessolano, pueden cambiar de parecer en sólo un mes y diez días, para pasar de opinar que un equipo que Sin Cristiano Ronaldo Es Uno más –dedicándole un análisis pieza por pieza al equipo, a cada cual de menor valía, en su parecer– de repente es una “naciente máquina de fútbol“.

Y lo mejor es que no creo que el análisis de mi compañero sea erróneo. Al fin y al cabo, es su opinión, y al ser suya, tiene todo el derecho del mundo a cambiarla. Pero lo que si rechina es la inmediatez del juicio. Un equipo después de un mal resultado siempre parece más malo de lo que es, y después de una victoria, mucho mejor de lo que deberíamos creer. Por eso, me parece demasiado severo opinar que un jugador es tal o cual cuando todo va bien, y cual o tal cuando todo va mal. Quizás, hubiera sido más acertado opinar que un equipo a un mes del arranque de liga aun no está del todo engrasado y que 40 días después comienza a dar pruebas de lo que puede llegar a conseguir en la temporada, pero claro, las medias tintas no se llevan.

Pongo a un amigo como ejemplo, como antes puse a mi hermano, porque me parecen de lo mejorcito del panorama periodístico y porque me gustar discutir de fútbol, trabajo y de la vida con ellos, pero el mensaje afecta a la mayoría de la gente que transita los medios.

No creo que un partido, dos, tres o un mes de buen fútbol, marque el “renacer” de un equipo; al igual que el arranque ralentizado de un equipo que lo lleva ganando todo hace tres años, no señala que les esté costando mantenerse en lo más alto. Está bien opinar, apreciar, destapar símiles en trayectorias pasadas o lanzar hipótesis basadas en el conocimiento del club, de quien lo forma o del deporte en general; pero de ahí a las aseveraciones va un mundo y lo malo de estas, como venía diciendo antes, es que son peligrosas.

Son peligrosas porque, sobre todo hoy día, una mentira repetida mil veces se convierte en realidad. Hoy, los periodistas y los comunicadores tienen mayor alcance y cercanía a los lectores, oyentes y televidentes que jamás en la historia, y esto es muy peligroso. Porque, de repente, mi aseveración sobre que menganito o fulanito es tal o cual, se convierte en la opinión generalizada, pues “los que saben” (o sea ‘yo’, que salgo en la tele o que tengo 10,000 seguidores en Twitter) así lo aseguran. Y lo cierto es que sólo por tener un micrófono delante, o salir frente a una cámara, no se “sabe” más que otra persona. Se puede decir que el que sale en televisión, radio o escribe en un periódico hace algo mejor que el común aficionado, una labor de comunicación que conlleva una preparación y una ética de trabajo que no todos tienen, pero el poder de análisis, de disección objetiva de una situación y de formulación de una opinión es totalmente libre y está a disposición de quien la quiera ejecutar. En este apartado, me parece espectacular lo que hace Martí Pere Arnau en su blog: opiniones personales, bien fundadas, respetuosas y análisis tácticos alejados de forofismos, palabras altisonantes y adjetivos innecesarios. Chapeau!

En fin, que hoy en día todos tenemos (prácticamente) el mismo acceso a la misma información […], y podemos hacer con ella lo que queramos. Pero como aficionado y periodista, creo que sería mejor trabajar con un poquito más de mesura y objetividad, alejándonos lo más posible de los extremismos y de las sentencias cada veinte minutos.

Aunque parezca mentira, el negocio, y quizás el mundo, sería por ello un poquito mejor

PD: […] excepto algunos adelantados, como el propio Diego Torres en El País, por ejemplo, que aseguran tener fuentes secretas que jamás destapan (y que como periodista está en todo su derecho de hacerlo) aunque con ello reste todo tipo de credibilidad a su trabajo.

El Huésped

Son las dos de la mañana y Kate Hunt no puede dormir.

Y no se trata del dolor de huesos que sufre en cada rincón de su esqueleto, ni de lo mal que le puede haber sentado el lechón con patatas fritas que le trajo su vecina para cenar. Tampoco se debe su insómnio al intenso olor a humédad que perméa su vieja casa rodante, a la cual se mudó hace justo 40 años, cuando su marido se retiró tras un cuarto de siglo trabajando en la empresa del ferrocarril. No. Su falta de sueño se debe, simple y llanamente, al hecho de que, está noche, Kate no está sóla en casa.

La casa, encallada en un parque de la localidad de Hawley, Pensilvania, desde hace casi cincuenta añoa, está vieja, oxidada; aburrida de existir. Sus tuberías están podridas por la cal, a tal punto que la presión no logra sacar más que un ínfimo chorro de agua que no da ni para lavarse las manos. El sistema de calefacción, a base de un hervidero de aceite situado bajo el suelo de vinil, emite un ruido infernal, como silbidos guturales de espectros del más allá, causados por el burbujeante líquido, pero al menos mantienen el frio de las montañas del noreste americano lejos de las cuatro paredes del trailer. Es además normal que los gatos que rumían los contenedores de basura del vecindario se batan a duelos de vida o muerte en mitad de la noche, a guerras de arañazos y maullidos, que asustarían al cowboy más valiente de la Unión. Pero estos ruidos ya no retumban en los oídos ensordecidos de Kate. Tras cuatro décadas en esta comunidad de retirados, aquella niña que nació en el sur de Italia, en Montecchio Bany, hace justo cien años, se ha acostumbrado a estos inconvenientes y ya no le causan ningún tipo de molestia. Kate lleva casi media vida acostándose a las 8 de la tarde y soñando plácidamente hasta las cinco de la mañana del día siguiente, sin que ningún ruido tanto del interior como del exterior de la casa logren perturbarla. Quizás en 1983, durante los primeros meses tras la muerte de su marido, Oliver, sufriera un poco para conciliar el sueño, más que nada por la falta de constumbre a dormir sola, pero normalmente, y hasta hoy, Kate duerme como un lirón a estas horas.

“Se que estás ahí, y no entiendo porque vienes a estas horas”, susurra Kate con los ojos bien abiertos en su solitaria habitación. “La verdad, si querías verme, podrías haber venido en horas más normales. Por la mañana, por ejemplo, para hacerme compañía mientras cocino. O por la tarde, cuando estoy descansando en el sofá. Pero, ¿a estás horas? ¡Es que no cambias nunca! Sabes que debería estar durmiendo y se te ocurre venir a verme. Mañana voy a estar muy cansada y seguramente me subirá la presión. ¡Siempre igual, Oliver!”

Un silencio sepulcral recorre la habitación. Los miles de recuerdos acaparados durante toda una vida, durante un siglo, se encuentran cada uno en su lugar. Ninguna foto se ha despegado, ningún cuadro ha quedado descolgado, la silla del escritorio no se ha movido tétricamente. Todo continúa en un perfecto estado de normalidad. Pero Kate sabe que esta noche hay dos almas ocupando esta habitación.

“Sabes que el doctor te dijo que tenías que dejar de fumar. Siempre has sido tan cabezota. No ves que esa tos nunca te va a dejar tranquilo mientras sigas fumando”, replica la anciana en un grave tono matriarcal. “¿Cómo que ya no fumás? Ollie, puedo oler el humo en tu ropa a más de una milla. Y, por cierto, ya es hora que tires a la basura esa camisa. Te la compré cuando Billy estaba en el ejercito… ¡y este año ha cumplido los 70! ¿Te lo puedes creer? Nuestro hijo está suscrito a la seguridad social, jamás pensé que viviría para verlo, bendito sea San Antonio. El tiempo pasa volando, Ollie. Si supieras lo mucho que han cambiado las cosas por aquí”.

Kate se incorpora y se sienta, apoyando su encorvada espalda en el cabecero de la cama. Son ya las dos y cuarto de la mañana y la anciana se gira hacia su mesita de noche intentando buscar sus gafas. A tientas escurre su frágil mano, carcomida por la artrosis, entre el bote de pastillas para la presión, las gotas para los ojos y una figurilla de San Expedito, patrono de la causas justas y urgentes, hasta alcanzar las gafas y ajustarselas detrás de las orejas.

“Ayer vino tu nieta, Leah, a verme con su novio. Está más guapa. Tiene 36 años, ¿qué te parece? Está hecha toda una mujer y trabaja en algo que tiene que ver con ordenadores. La verdad es que no entiendo muy bien qué hace, aunque me lo ha intentado explicar cien veces. Yo sonrió y le digo que sí, que la entiendo, pero en realidad no te lo podría explicar. Sé que estuvo varios años trabajando en Microsoft… bueno, claro, seguro no sabes ni lo que es eso. Es una compañía de un señor que tuvo mucho dinero en los 80 y los 90, pero cuando tu falleciste todavía ni existía. Bueno, no importa, la cuestión es que está muy guapa, y feliz. Viaja por todo el mundo. Hace poco estuvo en Buenos Aires, ¿sabés donde queda? En suramerica, Ollie. Es la ciudad donde está esa estatua gigante del Cristo con los brazos abiertos, ¿te acuerdas que Henry Korchakowsky nos enseñó un reportaje en National Geographic una vez sobre esa ciudad? Pues Leah dice que es preciosa, que se come muy bien, mucha carne, y que la gente es muy simpática. El mes que viene se va a con su novio a España. Van a ir a Madrid y a Toledo, ¡a mi me encantaría ir a Toledo! Hace poco ví un programa en la televisión sobre esa ciudad, tan antigua, y con tanta historia. Quién pudiera ser jóven”.

Un sonrisa se dibuja en la arrugada cara de Kate. Cuando era jovén, viajó con su esposo a Canadá. Como él trabajaba en la empresa del ferrocarril, tenían un pase para viajar gratis en un vagón de tercera, así que con 45 dólares les vastó para pasar una luna de miel de cinco días en el país vecino. La suite nupcial del Motel Niagara Falls les costó 2 dólares la noche, y en la última noche pudieron ir a cenar a un mirador de las cataratas y cenar langosta. Fue el día que más dinero gastaron, pero no lo olvidaron nunca. A Kate le hubiera gustado viajar mucho más, pero el Señor Hunt trabajaba de sol a sol, y el poco dinero que ganaba servía para comer y para que sus dos hijos, Billy y Bobby, pudieran ir a la universidad. Con mucho esfuerzo lograron ahorrar para comprar la casa rodante donde hasta hoy vive Kate, a sus recien cumplidos cien años, y donde ambos decidieron pasar el resto de sus días cuando Oliver se retiró.

En 1976, está comunidad perdida en las Montañas Poconnos, en Pensilvania, era una maravilla. A mitad de camino entre Hawley y la cima de la montaña, el parque de trailers ofrecía todo tipo de comodidades. Lejos de la carretera principal, por las noches no se escuchaban ni los grillos. En las tardes de verano, un fresquito inenarrable acompañaba veladas maravillosas jugando al dominó en la puerta de alguno de los vecinos. A unos pocos metros cuesta abajo, el arroyo que nace en lo más alto del macizo y acaba vertiendo sus aguas en el Rio Hudson servía de escenario perfecto para las mil y una aventuras que sus nietos mayores, Leah y Billy, disfrutaban cada verano. Mientras, Oliver pescaba tranquilamente y veía pasar las horas de la mañana esperando a que Kate les llamara para comer alguna de sus especialidades italianas: Zitti con albondigas, lasagna de berenjena o sus “famosos” biscottis con chocolate.

Ahora, 35 años después, el parque no es ni la sombra de lo que un día fue. El boom inmobiliario de los 90 hizo que muchas familias pudieran vender a buen precio sus parcelas y sus trailers, y con menos dinero, mudarse a vivir comodamente al calor del estado de Florida. Ese era el plan que se traían entre manos Kate y Oliver a principio de los años 80, un tanto artos de los frios inviernos del territorio yankee. “En cuanto la propiedad suba un poco de valor, y Leah y Billy crezcan, nos vamos al sur, Kate. Te lo prometo”, solía comentar entre dientes cada mes de diciembre el Señor Hunt, sobre todo cuano empezaba a nevar.

Pero su sueño no pudo hacerse realidad. A principios de 1983, durante un viaje a Adventure Land, en Nueva Jersey, con sus nietos, Oliver se empezó a sentir mal y perdió el conocimiento mientras esperaba en la cola del tio vivo junto a Leah. Kate jamás estuvo ni ha vuelto a estar tan asustada. Llamó corriendo a una ambulancia y, ya en el hospital, le comunicaron que un terrible cáncer de pulmón se le había expandido por todo el cuerpo. El viejo trabajador del ferrocarril no volvería a salir del hospital con vida.

“Ollie, hace unos meses se mudó una familia muy rara a la casa donde vivían Stacey y Joey McCallister. Son jóvenes, y tienen dos hijos. Pero nunca salén de la casa. Algunas noches, justo antes de irme a dormir, escucho gritos que vienen de su trailer. Me da miedo, si estuvieras conmigo sería distinto, pero yo, aquí sola, y sin poder moverme como antes, no sé, me pone nerviosa que pase algo y no pueda hacer nada. Menos mal que están Violet y Bob. Son mis mejores amigos, gracias a Dios que los tengo cerca, y después de tantos años. Que San Antonio me los proteja. Bob vino hace dos semanas a arreglarme el baño, porque la fosa se había tapado. ¿Ves? Hay cosas que nunca cambián…”, comenta Kate entre carcajadas, pues su marido nunca fue un manitas para los quehaceres del hogar y siempre necesitaba que alguién le arreglara el cuadro eléctrico, le colgara una lámpara o le cambiara una rueda del coche. “Pero, así y todo, estoy muy sola. Tu hijo mayor quiere que me vaya a vivir con ellos, a Nueva Jersey, pero yo no quiero. Aunque no vengas todos los días, prefiero estar aquí para cuando puedas venir a visitarme. Y, además, ¿qué pinto yo en Glenn Rock? Mi casa está aquí, donde vivíamos juntos. Ya sé que se viene el invierno, el año pasado fue duro. Nevó muchísimo, pero Mike, el nieto de la Señora Worthington, pasaba cada día a quitarme la nieve del tejado y del porche. Es que la casa está muy vieja, Ollie. Se está cayendo a pedazos… como la dueña, ¡ja, ja, ja!”

Son las dos y media de la mañana y la casa rodante de Kate Hunt continúa en silencio. El segundo dormitorio, en el lado opuesto al de la habitación de matrimonio, se encuentra completamente a oscuras. El sofá cama está abierto, y la cama está preparada, como siempre, por si viene algún huésped. En los últimos años, sólo el matrimonio amigo y vecino de la anciana Kate, Violet y Bob, ha dormido en este cuerto. Ocurrió hace un par de meses cuando un huracán hizo crecer el arroyo que circunventa a la comunidad e inhundó su casa. La pareja de retirados, que recién se adentra en su séptima década de vida, se quedó junto a la Señora Hunt un par de semanas, mientras su trailer se secaba y la compañía de seguros cambiaba el calentador, la conexión a la fosa séptica, el sofá del salón y la cocina de gas.

Desde la otra punta de la casa sólo se escucha el susurro de Kate charlando con su esposo. La noche, afuera, está completamente cerrada. Se acaba el otoño, hay luna nueva, y la oscuridad llena cada rincón aquí en lo alto de las Montañas Poconnos. Esto noche, ni siquiera los gatos se peléan, ni el aceite hierve bajo el suelo del salón, ni el agua choca contra las paredes recalcitradas de las tuberías. Todo es silencio, todo es calma, pero en la habitacíon de la anciana, el huésped continúa charlando con su viuda.

“Ollie, mira que hora es. Casi las tres de la mañana. No sé cuando fue la última vez que estuve despierta tan tarde. Quizás fuera cuando nos conocimos. ¿Te acuerdas? Estabas tan guapo con tu uniforme militar. ¡Ja! Y te morías de ganas de estar a solas conmigo, pero yo no iba a ningún lado sin mi amiga Emma. Pobre Emma, me quería tanto. ¿Te acuerdas lo bien que lo pasabamos en Peekskill aquellos veranos? Hace ya media vida. Me ponía tan nerviosa cuando venías a verme para ir a jugar a las cartas a casa de Emma. Me acuerdo cuando mi padre me dijo: ‘Ese Oliver es un buen chico. Deberías presentárselo a tu prima’. Yo me puse roja de furia, y le dijé: ‘¡Estás loco! Ese Oliver es muy buen chico… ¡y es MI chico!’ Ja, ja, ja, Ollie, que tiempos aquellos”, recuerda Kate con una sonrisa en los labios y una lágrima brotando de su ojo izquierdo y recorriendo su mejilla. “Y vaya que si fuiste mi chico. A veces no puedo creer que haya cumplido cien años. Es una eternidad, pero he sido tan feliz. Lo único malo ha sido pasar tanto tiempo sin tí. Hubiera sido tan bonito poder hacernos viejos juntos, y quiero decir viejos de verdad, como soy ahora. Después de todo lo que trabajaste. ¡Ay, Ollie! Si pudieras haber seguido yendo a pescar al rio, como tanto te gustaba, y haber visto crecer a tus nietos. Y a tus bisnietos, Ollie. Aidan y Sierra son tan buenos niños. Cariñosos, respetuosos, felices. Una bendición del Señor”.

El reloj de la sala da las tres de la mañana. El salón esta organizado, al igual que la cocina. Kate Hunt es muy metódica, y más allá de sus cien años, le gusta tener todo limpio y en su sitio, Quizás por eso nunca ha querido mudarse con su hijo mayor, Bill, a Nueva Jersey. Aquí, en su casa, las reglas aun las pone ella. Las cosas se hacen cuando y como ella quiere, y aunque no pueda moverse con la agilidad de antaño, las labores del hogar nunca las pasa por alto. Por las mañanas cocina y lava los platos. Por la tarde, después de comer, descansa un poco en su mecedora, que aun está en frente del sillón donde siempre se sentaba a fumar Oliver. Lee un libro u ojea una revista, y a las seis cena algo que no tenga que cocinar. Un sandwich, o restos del almuerzo, o algo que le haya traido un vecino. Ayer cenó lechón, pero todavía le queda pizza que le trajo su nieta para comer, y que probablemente cenará mañana.

Su vida, aunque solitaria, es muy cómoda, e incluso, de vez en cuando, recibe alguna visita inesperada. Como esta noche.

“Ollie, mi amor, me voy a ir a dormir. Estoy muy cansada y ya es muy tarde. ¿Por qué no te sientas en el salón y lees un poco? En un par de horas me despertaré para hacerte el café, ¿te parece? Sólo te pido, por favor, que no fumés más. Esa tos me preocupa mucho. ¿Me lo prometes? Anda, dame un beso y déjame descansar un rato. Buenas noches, mi amor. No sabés cuanto te he echado de menos”.

La felicidad de Quique González

Ayer fui al concierto de Quique Gónzalez en Nueva York. La tarde fue genial. Quique es un pedazo de artista, de eso no hay duda. No es Sabina ni Serrat, ni pretende serlo, pero tampoco es uno de esos que vive del cuento, y yo creo que eso le tiene que hacer muy feliz. Tiene talento, escribe letras preciosas y melodías que calan hondo. Pero es que además parece ser un tipo de puta madre.

El año pasado mi amigo Christian me explicaba que Quique González, con apenas 19 o 20 años, trabajó un verano como animador del hotel Balamoral, en Calas de Mallorca. Justamente en ese hotel trabajó mi madre casi diez años, y allí pasé yo infinidad de tardes jugando a fútbol y nadando en la piscina. En ese hotel recuerdo ver a España empatar contra Corea del Sur en el Mundial del 94 y tambien ganarle a Suiza en octavos 3-0. En ese hotel me estrené como actor en un musical de Grease un verano, besé a una chica por primera vez y otra me partió el corazón. Es decir, que es una parte grande de mi vida y si ya me gustaba Quique González antes, al saber que teníamos algo en común (¡y que algo! … ¡Mi querida Calas de Mallorca!) mi admiración creció a raudales. Christian me comentó que Quique se hizo muy amigo de su padre en Calas, pues es el dueño de un bar (el London Pub) que el cantautor madrileño solía frecuentar. Además, también me contó que en los agradecimientos de su primer disco, Quique recuerda a sus amigos de Calas. Un crack, vamos.

La casualidad quiso que un par de semanas después, caminando por Manhattan, me encontrara cara a cara con él. Yo estaba con unos amigos, y lo cierto es que andaba aun bajo la embriagadez de mi encuentro con el más grande de todosJoaquín Sabina– unos días antes; pero vi a Quique ahí, con un colega, fumando un cigarro a media mañana, y me fui hacia  él para saludarle. Tras las típicas introducciones pasé a contarle la historia que nos unía y de la cual me acababa de enterar hacía menos de 15 días. Él se ubicó en seguida, confirmó su amistad con el padre de Christian y me preguntó por un par de personajes que aun recordaba del pequeño pueblito playero mallorquín. Incluso, se interesó por como había acabado yo en Nueva York viniendo desde tan lejos y al final de nuestra conversación le dí mi teléfono, le dije que vivía en el barrio más guay (lo dijeron los Yeah, Yeah, Yeahs, no yo…) de Brooklyn y que si volvía a pasar por aquí le invitaba a una copa.

Aunque no me comporté como un simple fanático de cuarta (no le pedí ni una foto y muchísimo menos un autografo), sí que me puse nervioso. Me hubiera encantado contarle como conocí su música, casí por casualidad, cuando vivía en Miami, gracias a mi gran amigo Ray García Roca. O lo mucho que escuché y lo que me marcó el disco concierto de “Ajuste de Cuentas”, y las 17 horas que pasé en un tren cuando me mudé a Nueva York, el siete de julio del 2007, con dicho album dando vueltas ininterrumpidamente en mi iPod.

Pero  como me dijó mi tio cuando vi a Sabina, es tanto lo que la música de estos genios te lllega ha marcar, que podríamos encerrarnos 3 meses en un cuarto con ellos y todavía nos faltaría tiempo para explicarles todos y cada uno de los momentos de nuestras vidas en los que su música nos ha guiado, animado, consolado… así que mejor ni tratar de empezar la historia para no aburrirles. Y eso fue lo que hice con Quique. Me lo encontré, lo saludé, charlamos cinco minutos y me despedí. Con elegancia. Como un colega más que como un grupi cualquiera.

Cual sería mi sorpresa ayer, al llegar al Mercury Lounge, donde iba a dar su primer concierto en suelo norteamericano, al encontrármelo de nuevo. Tranquilo, como siempre, charlando con los primeros de la cola, saludando a todos los que íbamos llegando y sacándose fotos a mansalva. Pero sin humos de estrellita. Un tio normal donde los haya, que además parece saber que somos nosotros, sus fans, quienes le damos de comer, y lo agradece siempre que puede.

Esta vez me acerqué de nuevo a saludarlo, pero con toda la intención de sacarme una foto con él. Ni corto ni perezoso le recordé nuestro encuentro por las calles de Manhattan dos años atrás y me respondió con un certero: “Claro. Tu eres el mallorquín que vive en Brooklyn. Me acuerdo. Todavía tengo tu teléfono en el móvil”. Mi noble alma de seguidor implacable se sintió reconfortada. Un ídolo para mí como es Quique no sólo accedía de buena gana a sacarse una foto conmigo, sino que además se acordaba de nuestro último encuentro. Impresionante. La noche prometía.

Desde ese momento hasta que arrancó el concierto, mi mente no paró de dar vueltas. Volví a recordar mi viaje para siempre a Nueva York, en ese tren tan poco parecido al Transiberiano, pero que no podré olvidar jamás. 17 horas de viaje. 17 horas, sólos él y yo, en el momento más crucial de mi vida hasta ese momento. En sus letras encontré el aliento necesario para afrontar ese paso y el empuje crucial para darlo. “Miss Camiseta Mojada” me hizo pensar en las aventuras que estaban por llegar ahora que me mudaba a Nueva York. “Salitre” me llevó de vuelta a mis veranos en Calas de Mallorca, al lugar que compartimos sin saberlo, aunque él hablara de Conil de la Frontera en su canción. Con “Hotel Los Ángeles” no pude dejar de envidiar la vida en las alturas de los rockstars, para que a continuación sonara “Aunque tu no lo sepas” y me devolviera a la más viva y cruel realidad del amor a pie de tierra, además de avisarme de que, meses después, haría mis primeros (y últimos) pinitos en el mundo de la poesía gracias a sus versos. Eso de que “nunca escribo el remite en el sobre, para no dejar mis huellas” es una de las cosas más honestas y sinceras que he escuchado en mi vida de labios de un artista. Y, por supuesto, no faltó el recuerdo de”Pequeño Rock and Roll” y “Los conserjes de noche”. Dos de mis canciones de cabecera, que conocía entonces, que mamé en ese largo viaje en tren, y que aun hoy mueven dentro de mí fibras que muy pocas canciones logran tocar.

Todo eso se me pasó por la cabeza en los 45 minutos que le llevó montar el escenario. La gira de Desbandados está compuesta por Quique González y su fiel “hermano” Jacob. Quique al piano, guitarra y harmónica, y Jacob con el contra bajo y segunda guitarra. Nada más. Muy personal. Tanto, que le toca montar y desmontar el escenario a ellos solitos sin ayuda de road manager ni de esclavo alguno como los que las leyendas del rock suelen contar siempre en sus giras.

Fue entonces cuando imaginé lo que debe ser la clave de la felicidad para un tio como Quique González. Como ya he mencionado, no parece el típico superstar enfrascado en sí mismo. Quique es abierto y coordial. Mientras montaba el escenario todos los asistentes al concierto se acercaban a saludarle y él no tenía reparo alguno en aparcar lo que estaba haciendo unos segundos para darle una alegría a alguno de sus fans. Por eso digo, que su felicidad debe empezar por ahí, por hacer lo que le gusta y poder disfrutarlo día a día. Nada tiene que ser más refrescante que saber que tu vida se basa en ejercer tu pasión y que, además, millones de personas te reconocen e idolatran por ello. Si haces lo que te gusta no te debe joder tener que enchufar un amplificador, afinar tu guitarra o modular el micrófono. Por eso me encantan los músicos de verdad, como Quique, que son cantantes porque les gusta cantar y no porque pretenden ser parte del famoseo y la salsa rosa.

Nunca he entendido por qué los raperos, por ejemplo, tienen esa obsesión por hacerse los tipos duros y peligrosos. Todas las letras hablan de su grandeza viril, su sed de violencia, sus ganas de resarcirse de todo lo malo que les pasó en su infancia y de las gilipolleces en las que se gastan el dinero que ganan. No lo entiendo. Si lo que pretendes es hablar de esas cosas, entonces tu sueño no es ser cantante, tu sueño es ser mafioso. Lo que pasa es que a la mayoría le faltan los huevos para ser mafiosos, entonces les toca aparentar y cantar sobre el tema. Desde la seguridad de una cabina de audio cualquiera puede amenazar de muerte a su peor enemigo… Piltrafillas.

Yo creo que la música tiene que ser algo mejor que eso, tiene que poder transmitir otras cosas más importantes que el cochazo que te puedas comprar o dejar de comprar. Y eso es lo que hace Quique. Habla de su vida y sus inquietudes. De sus vivencias y sus batallitas. De sus amores, de sus inseguridades y sus obsesiones; de sus viajes, su barrio, del Parque de Berlín y de los días de feria. Y eso le hace más cercano, más humano que cualquiera de esos artistas manufacturados por las grandes discográficas. Y eso es, seguramente también, lo que hace de Quique González un tio feliz.

Al menos, eso quiero imaginar.

El problema viene de atrás

Decía Marcelo Bielsa hace años, cuando era el técnico del Espanyol, que Iván Helguera funcionaba a la perfección de mediocentro o de defensa central, porque “sacaba la pelota muy aseada”. Quizás por eso Helguera no funcionó en su temporada en el Calcio, donde lo que se busca es músculo y sudor, y donde los que la tocan en el medio (entre ellos el hoy quasi santificado Pep Guardiola) sufren bastante.

Por ahí, por el saber o no saber sacar la pelota aseada desde atrás empieza el problema de este Real Madrid mourinhano. Al equipo del portugués no le falta sudor, no le falta la pierna dura, ni el buen toque cuando amerita. Tampoco le falta concentración, ni velocidad y desborde arriba. Desde luego no le falta pegada y, mucho menos, seguridad bajo palos. Lo que si que le falta es buen criterio al sacar la pelota jugada desde atrás. Falta gente que, como Helguera, sepa “sacarla aseada”.

Es lo que hay, y contra eso no se puede hacer nada. Ya sea por condición (falta de recursos, que diría mi hermano) o por obligación (esa mania por llegar arriba en cuantos menos toques posibles), la cuestión es que el Real Madrid, en estos momentos, no puede comenzar a armar el juego desde atrás.

Pepe es el jugador que más y mejor lo puede hacer, pero en ocasiones abusa del pase largo, el cual no es su fuerte. Sin duda, el portugués es quien debe dar un paso adelante en este sentido, al menos de cara al futuro más inmediato. Carvalho es un buen escudero, un gran marcador diría yo, que hace de su buen posicionamiento en el campo su mejor arma, pero se le descubren carencias a la hora de defender a cuerpo descubierto. Esto ocurre en el Real Madrid las más de las veces y es un mal endémico que se ha llevado por delante a centrales por otros lares mitificados como Samuel, Cannavaro o Heinze.

Luego está Albiol, caso aparte. Por planta, por progresión, por técnica, debería ser el jugador con más papeletas para liderar la defensa blanca del futuro junto a Pepe. Pero su carácter retraído y su falta de liderazgo le ha jugado una mala pasada esta temporada. Justamente, en el año en el que ha tenido en el banquillo a un capitán de barco que premia, sobre otras cosas, la gallardía y el saber dar la cara en todo momento, Raúl ha decepcionado al no saber (o no poder) dar ese paso adelante. Auguro que el valenciano hará carrera en el Real Madrid, como hicieron otros muchos jugadores que jugando el 70 por ciento de sus minutos de forma decente, y sin levantar la voz, lograron estar en el club muchísimos años, pero no creo que jamás logre ser el titular indiscutible que se esperaba de él hace sólo año y medio.

Garay, por su parte, es un caso extraño. Las lesiones le han maltratado, pero siempre que ha jugado ha dado el cayo. Jamás ha cometido un error, sabe presionar al delantero rival igual que aguantar la marca en velocidad, y tiene un gran disparo de larga distancia (10 goles de media en sus temporadas en el Racing de Santander, la mayoría a balón parado). Sin embargo, Mourinho parece no contar con él y su futuro se presume lejos del Bernabéu.

Con esto, y con lo poco que ofrece el panorama de centrales de calidad, parece que el mercado de fichajes del verano que está a la vuelta de la esquina se enfocará (más allá del tan necesario como deseado cerebro para la medular) en la contratación de un lateral derecho de garantías. Así, Sergio Ramos pasaría a ocupar la posición de central junto a Pepe, ganando en presencia, altura, agresividad, velocidad y, sobre todo, salida del balón.

Pero, volviendo al punto inicial, más allá de los reclamos al árbitro, las denuncias a la UEFA, la altura del césped o la manita del cielo en forma de lluvia, estoy convencido que el problema del Madrid en los cuatro clásicos ha venido de atrás. La imposibilidad del equipo de armar el juego desde su propia área y el hecho de no ser capaz de sacarse la presión del Barcelona más que con un pase atrás o un balonazo, ha sido, para mí, el indicativo (si no el causante) más claro de la derrota.

Mientras cualquiera de los once jugadores del Barcelona genera fútbol desde cada rincón del campo, en el Madrid, sólo 3 o 4 jugadores son capaces de tal elemental gesta. Esto fue lo que empujó al equipo a obcecarse en despejes desde su propia área sin ton ni son. Balones perdidos que jamás tuvieron la posibilidad de ser jugados a ras de hierba, al pie de un compañero o al espacio detrás de las espaldas de los defensas blaugranas. Balones divididos que, además, y por sorpresa, ganaban los jugadores del equipo catalan a pesar de ser considerablemente más bajos que los madridistas.

Pero más allá de estos Clásicos, el Madrid ha hecho una gran campaña. Ha ganado un Copa del Rey contra el todopoderoso Barcelona, va a quedar subcampeón de la Liga y ha caído en semis de la Champions. De cuatro superclásicos, ha ganado uno, a perdido otro y ha empatado dos, no está mal.

Abogo, obviamente, por la continuidad de Mourinho, que más allá de que caiga bien o mal ha conseguido cohesionar al equipo, ha sacado lo mejor de jugadores como Marcelo, Di María, Benzema, Ozil e, incluso, lo poco que se ha visto de Kaká en su paso por el Madrid. Mourinho, por todos es sabido, consigue mejores resultados con sus equipos en sus segundas temporadas, y aquí aun tiene trabajo por delante. La mejor noticia la dio él mismo después de ganar la Copa del Rey: “El equipo no necesita una revolución para el año que viene. Sólo necesita retoques, y seguir incidiendo en los conceptos que se han puesto en practica este año”.

Pues eso, un lateral que permita a Sergio Ramos jugar en el centro de la defensa y dé descanso a Carvalho, un cerebro para enlazar a Ozil con Xabi Alonso, y poco más. El resto, deberá cambiarse sobre el campo de entrenamiento, automatizar los movimientos en ataque de la misma forma que se han mecanizado los defensivos, ensayar jugadas a balón parado para explotar la superioridad física del equipo y concienzar a los jugadores que el juego directo y la posesión del balón no deben, ni pueden, vivir enfrentados.