El Huésped

Son las dos de la mañana y Kate Hunt no puede dormir.

Y no se trata del dolor de huesos que sufre en cada rincón de su esqueleto, ni de lo mal que le puede haber sentado el lechón con patatas fritas que le trajo su vecina para cenar. Tampoco se debe su insómnio al intenso olor a humédad que perméa su vieja casa rodante, a la cual se mudó hace justo 40 años, cuando su marido se retiró tras un cuarto de siglo trabajando en la empresa del ferrocarril. No. Su falta de sueño se debe, simple y llanamente, al hecho de que, está noche, Kate no está sóla en casa.

La casa, encallada en un parque de la localidad de Hawley, Pensilvania, desde hace casi cincuenta añoa, está vieja, oxidada; aburrida de existir. Sus tuberías están podridas por la cal, a tal punto que la presión no logra sacar más que un ínfimo chorro de agua que no da ni para lavarse las manos. El sistema de calefacción, a base de un hervidero de aceite situado bajo el suelo de vinil, emite un ruido infernal, como silbidos guturales de espectros del más allá, causados por el burbujeante líquido, pero al menos mantienen el frio de las montañas del noreste americano lejos de las cuatro paredes del trailer. Es además normal que los gatos que rumían los contenedores de basura del vecindario se batan a duelos de vida o muerte en mitad de la noche, a guerras de arañazos y maullidos, que asustarían al cowboy más valiente de la Unión. Pero estos ruidos ya no retumban en los oídos ensordecidos de Kate. Tras cuatro décadas en esta comunidad de retirados, aquella niña que nació en el sur de Italia, en Montecchio Bany, hace justo cien años, se ha acostumbrado a estos inconvenientes y ya no le causan ningún tipo de molestia. Kate lleva casi media vida acostándose a las 8 de la tarde y soñando plácidamente hasta las cinco de la mañana del día siguiente, sin que ningún ruido tanto del interior como del exterior de la casa logren perturbarla. Quizás en 1983, durante los primeros meses tras la muerte de su marido, Oliver, sufriera un poco para conciliar el sueño, más que nada por la falta de constumbre a dormir sola, pero normalmente, y hasta hoy, Kate duerme como un lirón a estas horas.

“Se que estás ahí, y no entiendo porque vienes a estas horas”, susurra Kate con los ojos bien abiertos en su solitaria habitación. “La verdad, si querías verme, podrías haber venido en horas más normales. Por la mañana, por ejemplo, para hacerme compañía mientras cocino. O por la tarde, cuando estoy descansando en el sofá. Pero, ¿a estás horas? ¡Es que no cambias nunca! Sabes que debería estar durmiendo y se te ocurre venir a verme. Mañana voy a estar muy cansada y seguramente me subirá la presión. ¡Siempre igual, Oliver!”

Un silencio sepulcral recorre la habitación. Los miles de recuerdos acaparados durante toda una vida, durante un siglo, se encuentran cada uno en su lugar. Ninguna foto se ha despegado, ningún cuadro ha quedado descolgado, la silla del escritorio no se ha movido tétricamente. Todo continúa en un perfecto estado de normalidad. Pero Kate sabe que esta noche hay dos almas ocupando esta habitación.

“Sabes que el doctor te dijo que tenías que dejar de fumar. Siempre has sido tan cabezota. No ves que esa tos nunca te va a dejar tranquilo mientras sigas fumando”, replica la anciana en un grave tono matriarcal. “¿Cómo que ya no fumás? Ollie, puedo oler el humo en tu ropa a más de una milla. Y, por cierto, ya es hora que tires a la basura esa camisa. Te la compré cuando Billy estaba en el ejercito… ¡y este año ha cumplido los 70! ¿Te lo puedes creer? Nuestro hijo está suscrito a la seguridad social, jamás pensé que viviría para verlo, bendito sea San Antonio. El tiempo pasa volando, Ollie. Si supieras lo mucho que han cambiado las cosas por aquí”.

Kate se incorpora y se sienta, apoyando su encorvada espalda en el cabecero de la cama. Son ya las dos y cuarto de la mañana y la anciana se gira hacia su mesita de noche intentando buscar sus gafas. A tientas escurre su frágil mano, carcomida por la artrosis, entre el bote de pastillas para la presión, las gotas para los ojos y una figurilla de San Expedito, patrono de la causas justas y urgentes, hasta alcanzar las gafas y ajustarselas detrás de las orejas.

“Ayer vino tu nieta, Leah, a verme con su novio. Está más guapa. Tiene 36 años, ¿qué te parece? Está hecha toda una mujer y trabaja en algo que tiene que ver con ordenadores. La verdad es que no entiendo muy bien qué hace, aunque me lo ha intentado explicar cien veces. Yo sonrió y le digo que sí, que la entiendo, pero en realidad no te lo podría explicar. Sé que estuvo varios años trabajando en Microsoft… bueno, claro, seguro no sabes ni lo que es eso. Es una compañía de un señor que tuvo mucho dinero en los 80 y los 90, pero cuando tu falleciste todavía ni existía. Bueno, no importa, la cuestión es que está muy guapa, y feliz. Viaja por todo el mundo. Hace poco estuvo en Buenos Aires, ¿sabés donde queda? En suramerica, Ollie. Es la ciudad donde está esa estatua gigante del Cristo con los brazos abiertos, ¿te acuerdas que Henry Korchakowsky nos enseñó un reportaje en National Geographic una vez sobre esa ciudad? Pues Leah dice que es preciosa, que se come muy bien, mucha carne, y que la gente es muy simpática. El mes que viene se va a con su novio a España. Van a ir a Madrid y a Toledo, ¡a mi me encantaría ir a Toledo! Hace poco ví un programa en la televisión sobre esa ciudad, tan antigua, y con tanta historia. Quién pudiera ser jóven”.

Un sonrisa se dibuja en la arrugada cara de Kate. Cuando era jovén, viajó con su esposo a Canadá. Como él trabajaba en la empresa del ferrocarril, tenían un pase para viajar gratis en un vagón de tercera, así que con 45 dólares les vastó para pasar una luna de miel de cinco días en el país vecino. La suite nupcial del Motel Niagara Falls les costó 2 dólares la noche, y en la última noche pudieron ir a cenar a un mirador de las cataratas y cenar langosta. Fue el día que más dinero gastaron, pero no lo olvidaron nunca. A Kate le hubiera gustado viajar mucho más, pero el Señor Hunt trabajaba de sol a sol, y el poco dinero que ganaba servía para comer y para que sus dos hijos, Billy y Bobby, pudieran ir a la universidad. Con mucho esfuerzo lograron ahorrar para comprar la casa rodante donde hasta hoy vive Kate, a sus recien cumplidos cien años, y donde ambos decidieron pasar el resto de sus días cuando Oliver se retiró.

En 1976, está comunidad perdida en las Montañas Poconnos, en Pensilvania, era una maravilla. A mitad de camino entre Hawley y la cima de la montaña, el parque de trailers ofrecía todo tipo de comodidades. Lejos de la carretera principal, por las noches no se escuchaban ni los grillos. En las tardes de verano, un fresquito inenarrable acompañaba veladas maravillosas jugando al dominó en la puerta de alguno de los vecinos. A unos pocos metros cuesta abajo, el arroyo que nace en lo más alto del macizo y acaba vertiendo sus aguas en el Rio Hudson servía de escenario perfecto para las mil y una aventuras que sus nietos mayores, Leah y Billy, disfrutaban cada verano. Mientras, Oliver pescaba tranquilamente y veía pasar las horas de la mañana esperando a que Kate les llamara para comer alguna de sus especialidades italianas: Zitti con albondigas, lasagna de berenjena o sus “famosos” biscottis con chocolate.

Ahora, 35 años después, el parque no es ni la sombra de lo que un día fue. El boom inmobiliario de los 90 hizo que muchas familias pudieran vender a buen precio sus parcelas y sus trailers, y con menos dinero, mudarse a vivir comodamente al calor del estado de Florida. Ese era el plan que se traían entre manos Kate y Oliver a principio de los años 80, un tanto artos de los frios inviernos del territorio yankee. “En cuanto la propiedad suba un poco de valor, y Leah y Billy crezcan, nos vamos al sur, Kate. Te lo prometo”, solía comentar entre dientes cada mes de diciembre el Señor Hunt, sobre todo cuano empezaba a nevar.

Pero su sueño no pudo hacerse realidad. A principios de 1983, durante un viaje a Adventure Land, en Nueva Jersey, con sus nietos, Oliver se empezó a sentir mal y perdió el conocimiento mientras esperaba en la cola del tio vivo junto a Leah. Kate jamás estuvo ni ha vuelto a estar tan asustada. Llamó corriendo a una ambulancia y, ya en el hospital, le comunicaron que un terrible cáncer de pulmón se le había expandido por todo el cuerpo. El viejo trabajador del ferrocarril no volvería a salir del hospital con vida.

“Ollie, hace unos meses se mudó una familia muy rara a la casa donde vivían Stacey y Joey McCallister. Son jóvenes, y tienen dos hijos. Pero nunca salén de la casa. Algunas noches, justo antes de irme a dormir, escucho gritos que vienen de su trailer. Me da miedo, si estuvieras conmigo sería distinto, pero yo, aquí sola, y sin poder moverme como antes, no sé, me pone nerviosa que pase algo y no pueda hacer nada. Menos mal que están Violet y Bob. Son mis mejores amigos, gracias a Dios que los tengo cerca, y después de tantos años. Que San Antonio me los proteja. Bob vino hace dos semanas a arreglarme el baño, porque la fosa se había tapado. ¿Ves? Hay cosas que nunca cambián…”, comenta Kate entre carcajadas, pues su marido nunca fue un manitas para los quehaceres del hogar y siempre necesitaba que alguién le arreglara el cuadro eléctrico, le colgara una lámpara o le cambiara una rueda del coche. “Pero, así y todo, estoy muy sola. Tu hijo mayor quiere que me vaya a vivir con ellos, a Nueva Jersey, pero yo no quiero. Aunque no vengas todos los días, prefiero estar aquí para cuando puedas venir a visitarme. Y, además, ¿qué pinto yo en Glenn Rock? Mi casa está aquí, donde vivíamos juntos. Ya sé que se viene el invierno, el año pasado fue duro. Nevó muchísimo, pero Mike, el nieto de la Señora Worthington, pasaba cada día a quitarme la nieve del tejado y del porche. Es que la casa está muy vieja, Ollie. Se está cayendo a pedazos… como la dueña, ¡ja, ja, ja!”

Son las dos y media de la mañana y la casa rodante de Kate Hunt continúa en silencio. El segundo dormitorio, en el lado opuesto al de la habitación de matrimonio, se encuentra completamente a oscuras. El sofá cama está abierto, y la cama está preparada, como siempre, por si viene algún huésped. En los últimos años, sólo el matrimonio amigo y vecino de la anciana Kate, Violet y Bob, ha dormido en este cuerto. Ocurrió hace un par de meses cuando un huracán hizo crecer el arroyo que circunventa a la comunidad e inhundó su casa. La pareja de retirados, que recién se adentra en su séptima década de vida, se quedó junto a la Señora Hunt un par de semanas, mientras su trailer se secaba y la compañía de seguros cambiaba el calentador, la conexión a la fosa séptica, el sofá del salón y la cocina de gas.

Desde la otra punta de la casa sólo se escucha el susurro de Kate charlando con su esposo. La noche, afuera, está completamente cerrada. Se acaba el otoño, hay luna nueva, y la oscuridad llena cada rincón aquí en lo alto de las Montañas Poconnos. Esto noche, ni siquiera los gatos se peléan, ni el aceite hierve bajo el suelo del salón, ni el agua choca contra las paredes recalcitradas de las tuberías. Todo es silencio, todo es calma, pero en la habitacíon de la anciana, el huésped continúa charlando con su viuda.

“Ollie, mira que hora es. Casi las tres de la mañana. No sé cuando fue la última vez que estuve despierta tan tarde. Quizás fuera cuando nos conocimos. ¿Te acuerdas? Estabas tan guapo con tu uniforme militar. ¡Ja! Y te morías de ganas de estar a solas conmigo, pero yo no iba a ningún lado sin mi amiga Emma. Pobre Emma, me quería tanto. ¿Te acuerdas lo bien que lo pasabamos en Peekskill aquellos veranos? Hace ya media vida. Me ponía tan nerviosa cuando venías a verme para ir a jugar a las cartas a casa de Emma. Me acuerdo cuando mi padre me dijo: ‘Ese Oliver es un buen chico. Deberías presentárselo a tu prima’. Yo me puse roja de furia, y le dijé: ‘¡Estás loco! Ese Oliver es muy buen chico… ¡y es MI chico!’ Ja, ja, ja, Ollie, que tiempos aquellos”, recuerda Kate con una sonrisa en los labios y una lágrima brotando de su ojo izquierdo y recorriendo su mejilla. “Y vaya que si fuiste mi chico. A veces no puedo creer que haya cumplido cien años. Es una eternidad, pero he sido tan feliz. Lo único malo ha sido pasar tanto tiempo sin tí. Hubiera sido tan bonito poder hacernos viejos juntos, y quiero decir viejos de verdad, como soy ahora. Después de todo lo que trabajaste. ¡Ay, Ollie! Si pudieras haber seguido yendo a pescar al rio, como tanto te gustaba, y haber visto crecer a tus nietos. Y a tus bisnietos, Ollie. Aidan y Sierra son tan buenos niños. Cariñosos, respetuosos, felices. Una bendición del Señor”.

El reloj de la sala da las tres de la mañana. El salón esta organizado, al igual que la cocina. Kate Hunt es muy metódica, y más allá de sus cien años, le gusta tener todo limpio y en su sitio, Quizás por eso nunca ha querido mudarse con su hijo mayor, Bill, a Nueva Jersey. Aquí, en su casa, las reglas aun las pone ella. Las cosas se hacen cuando y como ella quiere, y aunque no pueda moverse con la agilidad de antaño, las labores del hogar nunca las pasa por alto. Por las mañanas cocina y lava los platos. Por la tarde, después de comer, descansa un poco en su mecedora, que aun está en frente del sillón donde siempre se sentaba a fumar Oliver. Lee un libro u ojea una revista, y a las seis cena algo que no tenga que cocinar. Un sandwich, o restos del almuerzo, o algo que le haya traido un vecino. Ayer cenó lechón, pero todavía le queda pizza que le trajo su nieta para comer, y que probablemente cenará mañana.

Su vida, aunque solitaria, es muy cómoda, e incluso, de vez en cuando, recibe alguna visita inesperada. Como esta noche.

“Ollie, mi amor, me voy a ir a dormir. Estoy muy cansada y ya es muy tarde. ¿Por qué no te sientas en el salón y lees un poco? En un par de horas me despertaré para hacerte el café, ¿te parece? Sólo te pido, por favor, que no fumés más. Esa tos me preocupa mucho. ¿Me lo prometes? Anda, dame un beso y déjame descansar un rato. Buenas noches, mi amor. No sabés cuanto te he echado de menos”.

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La felicidad de Quique González

Ayer fui al concierto de Quique Gónzalez en Nueva York. La tarde fue genial. Quique es un pedazo de artista, de eso no hay duda. No es Sabina ni Serrat, ni pretende serlo, pero tampoco es uno de esos que vive del cuento, y yo creo que eso le tiene que hacer muy feliz. Tiene talento, escribe letras preciosas y melodías que calan hondo. Pero es que además parece ser un tipo de puta madre.

El año pasado mi amigo Christian me explicaba que Quique González, con apenas 19 o 20 años, trabajó un verano como animador del hotel Balamoral, en Calas de Mallorca. Justamente en ese hotel trabajó mi madre casi diez años, y allí pasé yo infinidad de tardes jugando a fútbol y nadando en la piscina. En ese hotel recuerdo ver a España empatar contra Corea del Sur en el Mundial del 94 y tambien ganarle a Suiza en octavos 3-0. En ese hotel me estrené como actor en un musical de Grease un verano, besé a una chica por primera vez y otra me partió el corazón. Es decir, que es una parte grande de mi vida y si ya me gustaba Quique González antes, al saber que teníamos algo en común (¡y que algo! … ¡Mi querida Calas de Mallorca!) mi admiración creció a raudales. Christian me comentó que Quique se hizo muy amigo de su padre en Calas, pues es el dueño de un bar (el London Pub) que el cantautor madrileño solía frecuentar. Además, también me contó que en los agradecimientos de su primer disco, Quique recuerda a sus amigos de Calas. Un crack, vamos.

La casualidad quiso que un par de semanas después, caminando por Manhattan, me encontrara cara a cara con él. Yo estaba con unos amigos, y lo cierto es que andaba aun bajo la embriagadez de mi encuentro con el más grande de todosJoaquín Sabina– unos días antes; pero vi a Quique ahí, con un colega, fumando un cigarro a media mañana, y me fui hacia  él para saludarle. Tras las típicas introducciones pasé a contarle la historia que nos unía y de la cual me acababa de enterar hacía menos de 15 días. Él se ubicó en seguida, confirmó su amistad con el padre de Christian y me preguntó por un par de personajes que aun recordaba del pequeño pueblito playero mallorquín. Incluso, se interesó por como había acabado yo en Nueva York viniendo desde tan lejos y al final de nuestra conversación le dí mi teléfono, le dije que vivía en el barrio más guay (lo dijeron los Yeah, Yeah, Yeahs, no yo…) de Brooklyn y que si volvía a pasar por aquí le invitaba a una copa.

Aunque no me comporté como un simple fanático de cuarta (no le pedí ni una foto y muchísimo menos un autografo), sí que me puse nervioso. Me hubiera encantado contarle como conocí su música, casí por casualidad, cuando vivía en Miami, gracias a mi gran amigo Ray García Roca. O lo mucho que escuché y lo que me marcó el disco concierto de “Ajuste de Cuentas”, y las 17 horas que pasé en un tren cuando me mudé a Nueva York, el siete de julio del 2007, con dicho album dando vueltas ininterrumpidamente en mi iPod.

Pero  como me dijó mi tio cuando vi a Sabina, es tanto lo que la música de estos genios te lllega ha marcar, que podríamos encerrarnos 3 meses en un cuarto con ellos y todavía nos faltaría tiempo para explicarles todos y cada uno de los momentos de nuestras vidas en los que su música nos ha guiado, animado, consolado… así que mejor ni tratar de empezar la historia para no aburrirles. Y eso fue lo que hice con Quique. Me lo encontré, lo saludé, charlamos cinco minutos y me despedí. Con elegancia. Como un colega más que como un grupi cualquiera.

Cual sería mi sorpresa ayer, al llegar al Mercury Lounge, donde iba a dar su primer concierto en suelo norteamericano, al encontrármelo de nuevo. Tranquilo, como siempre, charlando con los primeros de la cola, saludando a todos los que íbamos llegando y sacándose fotos a mansalva. Pero sin humos de estrellita. Un tio normal donde los haya, que además parece saber que somos nosotros, sus fans, quienes le damos de comer, y lo agradece siempre que puede.

Esta vez me acerqué de nuevo a saludarlo, pero con toda la intención de sacarme una foto con él. Ni corto ni perezoso le recordé nuestro encuentro por las calles de Manhattan dos años atrás y me respondió con un certero: “Claro. Tu eres el mallorquín que vive en Brooklyn. Me acuerdo. Todavía tengo tu teléfono en el móvil”. Mi noble alma de seguidor implacable se sintió reconfortada. Un ídolo para mí como es Quique no sólo accedía de buena gana a sacarse una foto conmigo, sino que además se acordaba de nuestro último encuentro. Impresionante. La noche prometía.

Desde ese momento hasta que arrancó el concierto, mi mente no paró de dar vueltas. Volví a recordar mi viaje para siempre a Nueva York, en ese tren tan poco parecido al Transiberiano, pero que no podré olvidar jamás. 17 horas de viaje. 17 horas, sólos él y yo, en el momento más crucial de mi vida hasta ese momento. En sus letras encontré el aliento necesario para afrontar ese paso y el empuje crucial para darlo. “Miss Camiseta Mojada” me hizo pensar en las aventuras que estaban por llegar ahora que me mudaba a Nueva York. “Salitre” me llevó de vuelta a mis veranos en Calas de Mallorca, al lugar que compartimos sin saberlo, aunque él hablara de Conil de la Frontera en su canción. Con “Hotel Los Ángeles” no pude dejar de envidiar la vida en las alturas de los rockstars, para que a continuación sonara “Aunque tu no lo sepas” y me devolviera a la más viva y cruel realidad del amor a pie de tierra, además de avisarme de que, meses después, haría mis primeros (y últimos) pinitos en el mundo de la poesía gracias a sus versos. Eso de que “nunca escribo el remite en el sobre, para no dejar mis huellas” es una de las cosas más honestas y sinceras que he escuchado en mi vida de labios de un artista. Y, por supuesto, no faltó el recuerdo de”Pequeño Rock and Roll” y “Los conserjes de noche”. Dos de mis canciones de cabecera, que conocía entonces, que mamé en ese largo viaje en tren, y que aun hoy mueven dentro de mí fibras que muy pocas canciones logran tocar.

Todo eso se me pasó por la cabeza en los 45 minutos que le llevó montar el escenario. La gira de Desbandados está compuesta por Quique González y su fiel “hermano” Jacob. Quique al piano, guitarra y harmónica, y Jacob con el contra bajo y segunda guitarra. Nada más. Muy personal. Tanto, que le toca montar y desmontar el escenario a ellos solitos sin ayuda de road manager ni de esclavo alguno como los que las leyendas del rock suelen contar siempre en sus giras.

Fue entonces cuando imaginé lo que debe ser la clave de la felicidad para un tio como Quique González. Como ya he mencionado, no parece el típico superstar enfrascado en sí mismo. Quique es abierto y coordial. Mientras montaba el escenario todos los asistentes al concierto se acercaban a saludarle y él no tenía reparo alguno en aparcar lo que estaba haciendo unos segundos para darle una alegría a alguno de sus fans. Por eso digo, que su felicidad debe empezar por ahí, por hacer lo que le gusta y poder disfrutarlo día a día. Nada tiene que ser más refrescante que saber que tu vida se basa en ejercer tu pasión y que, además, millones de personas te reconocen e idolatran por ello. Si haces lo que te gusta no te debe joder tener que enchufar un amplificador, afinar tu guitarra o modular el micrófono. Por eso me encantan los músicos de verdad, como Quique, que son cantantes porque les gusta cantar y no porque pretenden ser parte del famoseo y la salsa rosa.

Nunca he entendido por qué los raperos, por ejemplo, tienen esa obsesión por hacerse los tipos duros y peligrosos. Todas las letras hablan de su grandeza viril, su sed de violencia, sus ganas de resarcirse de todo lo malo que les pasó en su infancia y de las gilipolleces en las que se gastan el dinero que ganan. No lo entiendo. Si lo que pretendes es hablar de esas cosas, entonces tu sueño no es ser cantante, tu sueño es ser mafioso. Lo que pasa es que a la mayoría le faltan los huevos para ser mafiosos, entonces les toca aparentar y cantar sobre el tema. Desde la seguridad de una cabina de audio cualquiera puede amenazar de muerte a su peor enemigo… Piltrafillas.

Yo creo que la música tiene que ser algo mejor que eso, tiene que poder transmitir otras cosas más importantes que el cochazo que te puedas comprar o dejar de comprar. Y eso es lo que hace Quique. Habla de su vida y sus inquietudes. De sus vivencias y sus batallitas. De sus amores, de sus inseguridades y sus obsesiones; de sus viajes, su barrio, del Parque de Berlín y de los días de feria. Y eso le hace más cercano, más humano que cualquiera de esos artistas manufacturados por las grandes discográficas. Y eso es, seguramente también, lo que hace de Quique González un tio feliz.

Al menos, eso quiero imaginar.

El problema viene de atrás

Decía Marcelo Bielsa hace años, cuando era el técnico del Espanyol, que Iván Helguera funcionaba a la perfección de mediocentro o de defensa central, porque “sacaba la pelota muy aseada”. Quizás por eso Helguera no funcionó en su temporada en el Calcio, donde lo que se busca es músculo y sudor, y donde los que la tocan en el medio (entre ellos el hoy quasi santificado Pep Guardiola) sufren bastante.

Por ahí, por el saber o no saber sacar la pelota aseada desde atrás empieza el problema de este Real Madrid mourinhano. Al equipo del portugués no le falta sudor, no le falta la pierna dura, ni el buen toque cuando amerita. Tampoco le falta concentración, ni velocidad y desborde arriba. Desde luego no le falta pegada y, mucho menos, seguridad bajo palos. Lo que si que le falta es buen criterio al sacar la pelota jugada desde atrás. Falta gente que, como Helguera, sepa “sacarla aseada”.

Es lo que hay, y contra eso no se puede hacer nada. Ya sea por condición (falta de recursos, que diría mi hermano) o por obligación (esa mania por llegar arriba en cuantos menos toques posibles), la cuestión es que el Real Madrid, en estos momentos, no puede comenzar a armar el juego desde atrás.

Pepe es el jugador que más y mejor lo puede hacer, pero en ocasiones abusa del pase largo, el cual no es su fuerte. Sin duda, el portugués es quien debe dar un paso adelante en este sentido, al menos de cara al futuro más inmediato. Carvalho es un buen escudero, un gran marcador diría yo, que hace de su buen posicionamiento en el campo su mejor arma, pero se le descubren carencias a la hora de defender a cuerpo descubierto. Esto ocurre en el Real Madrid las más de las veces y es un mal endémico que se ha llevado por delante a centrales por otros lares mitificados como Samuel, Cannavaro o Heinze.

Luego está Albiol, caso aparte. Por planta, por progresión, por técnica, debería ser el jugador con más papeletas para liderar la defensa blanca del futuro junto a Pepe. Pero su carácter retraído y su falta de liderazgo le ha jugado una mala pasada esta temporada. Justamente, en el año en el que ha tenido en el banquillo a un capitán de barco que premia, sobre otras cosas, la gallardía y el saber dar la cara en todo momento, Raúl ha decepcionado al no saber (o no poder) dar ese paso adelante. Auguro que el valenciano hará carrera en el Real Madrid, como hicieron otros muchos jugadores que jugando el 70 por ciento de sus minutos de forma decente, y sin levantar la voz, lograron estar en el club muchísimos años, pero no creo que jamás logre ser el titular indiscutible que se esperaba de él hace sólo año y medio.

Garay, por su parte, es un caso extraño. Las lesiones le han maltratado, pero siempre que ha jugado ha dado el cayo. Jamás ha cometido un error, sabe presionar al delantero rival igual que aguantar la marca en velocidad, y tiene un gran disparo de larga distancia (10 goles de media en sus temporadas en el Racing de Santander, la mayoría a balón parado). Sin embargo, Mourinho parece no contar con él y su futuro se presume lejos del Bernabéu.

Con esto, y con lo poco que ofrece el panorama de centrales de calidad, parece que el mercado de fichajes del verano que está a la vuelta de la esquina se enfocará (más allá del tan necesario como deseado cerebro para la medular) en la contratación de un lateral derecho de garantías. Así, Sergio Ramos pasaría a ocupar la posición de central junto a Pepe, ganando en presencia, altura, agresividad, velocidad y, sobre todo, salida del balón.

Pero, volviendo al punto inicial, más allá de los reclamos al árbitro, las denuncias a la UEFA, la altura del césped o la manita del cielo en forma de lluvia, estoy convencido que el problema del Madrid en los cuatro clásicos ha venido de atrás. La imposibilidad del equipo de armar el juego desde su propia área y el hecho de no ser capaz de sacarse la presión del Barcelona más que con un pase atrás o un balonazo, ha sido, para mí, el indicativo (si no el causante) más claro de la derrota.

Mientras cualquiera de los once jugadores del Barcelona genera fútbol desde cada rincón del campo, en el Madrid, sólo 3 o 4 jugadores son capaces de tal elemental gesta. Esto fue lo que empujó al equipo a obcecarse en despejes desde su propia área sin ton ni son. Balones perdidos que jamás tuvieron la posibilidad de ser jugados a ras de hierba, al pie de un compañero o al espacio detrás de las espaldas de los defensas blaugranas. Balones divididos que, además, y por sorpresa, ganaban los jugadores del equipo catalan a pesar de ser considerablemente más bajos que los madridistas.

Pero más allá de estos Clásicos, el Madrid ha hecho una gran campaña. Ha ganado un Copa del Rey contra el todopoderoso Barcelona, va a quedar subcampeón de la Liga y ha caído en semis de la Champions. De cuatro superclásicos, ha ganado uno, a perdido otro y ha empatado dos, no está mal.

Abogo, obviamente, por la continuidad de Mourinho, que más allá de que caiga bien o mal ha conseguido cohesionar al equipo, ha sacado lo mejor de jugadores como Marcelo, Di María, Benzema, Ozil e, incluso, lo poco que se ha visto de Kaká en su paso por el Madrid. Mourinho, por todos es sabido, consigue mejores resultados con sus equipos en sus segundas temporadas, y aquí aun tiene trabajo por delante. La mejor noticia la dio él mismo después de ganar la Copa del Rey: “El equipo no necesita una revolución para el año que viene. Sólo necesita retoques, y seguir incidiendo en los conceptos que se han puesto en practica este año”.

Pues eso, un lateral que permita a Sergio Ramos jugar en el centro de la defensa y dé descanso a Carvalho, un cerebro para enlazar a Ozil con Xabi Alonso, y poco más. El resto, deberá cambiarse sobre el campo de entrenamiento, automatizar los movimientos en ataque de la misma forma que se han mecanizado los defensivos, ensayar jugadas a balón parado para explotar la superioridad física del equipo y concienzar a los jugadores que el juego directo y la posesión del balón no deben, ni pueden, vivir enfrentados.

Periodismo deportivo: Donde dije digo, digo Diego…

Llevo años estando bien seguro de que lo único que mueve al fútbol es el marketing. El marketing, las relaciones públicas, y poco más. Nos hemos metido en una corriente en la que a los aficionados ya no les gusta un jugador o un equipo. Ahora nos gustan jugadas. ¿Y por qué? Pues por el marketing. Por la globalización. Por la inmediatez de las comunicaciones. ¡Yo que sé! O, quizás, porque la gente ya no opina, sino que sentencia, asegura y, jamás, duda o, simplemente, se abstiene.

El amor a tu equipo dura lo que dura un partido competitivo. La admiración por un jugador dura lo que puede durar un pase, un control o un disparo a puerta. Hoy, por ejemplo, he podido escuchar en la radio (Cope, a través de la magia del iPad), durante el partido Valencia-Real Madrid, al mismo periodista ASEGURAR que Granero era un estorbo en un equipo que cuenta con gente como Khedira, Lass o Xabi Alonso, para diez minutos después sentenciar sin parpadear que Granero debería, SIN LUGAR A DUDAS, ser titular el miércoles que viene contra el F.C. Barcelona en la final de la Champions.

Mi hermano, que puede ser una de las personas que conozco que más sabe de fútbol y periodista racional como pocos en este turbio medio, se enfadó conmigo el sábado pasado cuando le dije que me parecía un acierto jugar con Pepe en el medio en el Clásico de Liga, y dejar a Ozil en el banquillo. En menos de 90 segundo me explicó como iba a ir el partido: “Xabi y Khedira no van a poder parar a Xavi e Iniesta. Pepe, que va a estar totalmente perdido en el medio, no podrá presionar a Messi, que le cogerá la espalda una y otra vez, y con su juego entre líneas destrozará a una defensa flojita flojita, con Carvalho, que es un abuelo, y Albiol que no tiene recursos técnicos. ¡Lo veo yo, y no lo ve Mourinho! Ya vamos 0-1, antes de empezar. Aparte, ¿por qué nos tenemos que defender así? Hay que salir a por la pelota, a meterles miedo, con Ozil que la pueda mover y contectar con los de arriba”.

Pues nos equivocamos los dos. Pepe fue el mejor del partido, como lo había sido contra el Athletic de Bilbao la semana anterior (“contra el Athletic juega cualquiera”, se había excusado mi hermano), pero el equipo no jugó a nada hasta que saltó Ozil al campo. Está bien, 1-1.

Esta mañana, antes de jugar contra el Valencia, le pregunté a mi hermano que, ante la ausencia de Khedira para las semifinales de Champions League, yo intentaría “sorprender” de nuevo a Guardiola y retrasar a Pepe a la defensa, para cubrir el hueco de Carvalho, y darle las riendas del medio campo a Lass, Xabi y Granero. Arriba, los mismos del otro día en la Copa: Di María, Ronaldo y Ozil. Mi razonamiento era que Xabi, Lass y Granero pueden recuperar igual cantidad de balones que el correcaminos alemán y el central portugués reconvertido, pero que además aportan mucho más toque y salida en ataque. Ofensivamente, mi opción preferida sería jugar con Adebayor arriba, para fijar a los centrales del Barça en su área, estirar al equipo catalán y crear espacios entre líneas que puedan aprovechar Ronaldo y Ozil. Además, con Pepe en defensa, se gana en velocidad, lo que ayudaría a jugar con una línea más adelantada, pues el ex del Oporto y Ramos siempre podrían recular más eficazmente que Carvalho o Albiol. Sin embargo, sabiendo que Cristiano será el único jugador exento de tareas defensivas, dudo mucho que Mourinho pierda la oportunidad de sumar números atrás (con Di María) para ganarlos arriba (con Adebayor). Por esto, aposté por el tridente de ataque que ganó la Copa el miércoles pasado como titular para el partido de la semana que viene.

“Estás loco, enano”, exclamó mi hermano. “El partido del miércoles pasado se ganó por huevos, y Granero no tiene huevos. Ese partido se ganó por Pepe y Khedira, que le echaron más huevos que nadie. Yo cambió sólo a Lass por Khedira, y de central meto a Albiol. Pepe en el medio campo es inamovible, y si acaso quito a Ozil arriba y meto a Adebayor. ¿No te diste cuenta que Ozil se borró el otro día? No tiene sangre, fue el peor del partido”.

Después de nuestra conversación, mi hermano se tuvo que ir corriendo (como siempre) porque algo tenía que hacer. Pero me causó gracia el cambio de parecer que sufrió en siete días. De “perdemos el partio por no poner a Ozil y meter a Pepe en el medio” a “Pepe no se mueve de ahí, y si acaso quitó al alemán”. En su caso vale decir que sus opiniones encontradas no se deben al marketing ni a la prensa, lo puedo asegurar, porque como siempre va a 100 por hora, el pobre no no para ni a leerse el periódico. En su caso, definitivamente, sus cambios de parecer se deben más a lo que hablaba al principio: la mania que tenemos hoy en día a impartir juicios milimétricos minuto a minuto. A la inmediatez de todo. O sea, Ozil es el mejor de la temporada porque hace 30 minutos espectaculares en el Clásico de Liga, pero tiene 10 minutos de bajón físico en el de Copa, antes de salir sustituido, y ya no sirve, a parte de ser un flojo y un cagón.

Y lo mismo le pasa a jugadores como Canales, Pedro León o Garay. No sirven para el Madrid.

Espera.

Esos tres no han jugado ni 200 minutos de Liga entre todos, y ¿ya no valen? Bien, Benzema se pasó 5 meses deambulando por el campo, pero: “tenía algo. La calidad no se le discute. Blah, blah, blah”. En la radio le apodaban “El Empanaó”, no le metía un gol ni al arco iris, y cuando lo hacía (Hat-trick al Levante y al Auxerre), se decía lo mismo que con el partidazo de Pepe en Bilbao: “Es que cualquiera lo hace bien contra ese equipo”. Sí, pero lo goles los metió él y no “cualquiera”; igual que contra el Athletic el partidazo lo hizo Pepe y no “cualquiera”. Pues eso. Ah, ahora Benzema es insustituible, un titán, el jugador franquicia, poco menos, y un diamante que se sacó de la chistera Florentino ante la negativa del Valencia a vender a Villa el año pasado. Veremos cuando pase dos meses de mala racha. Lo querrán vender al Spartak de Moscú, por lo menos.

A veces pienso que si Raúl estuviera empezando su carrera ahora a mi hermano seguro que no le gustaría, ni a mi hermano ni a muchos otros, porque Raúl no era el jugador que lo hacía todo bien durante los 90 minutos. Raúl era, y es, un maratoniano, no un sprinter. Los mismo que al principio de temporada lo veían jugando en segunda con el Schalke el año que viene, ahora se llenan la boca con halagos hacia el 7. ¡Venga ya! Un poquito de paciencia y de criterio, por favor.

Pero si hay alguien que divide opiniones y que causa confusión en la crítica, además de sentencias arrolladoras y pensamientos cambiantes, ese es José Mourinho. Se ha dicho de él que es un mero sicólogo, que no se preocupa por la preparación física, que no trabaja a su equipo, que sin buenos jugadores no hace nada, que tiene favoritos en el vestuario y a los demás los aparta, que es el demonio, o Lucifer, un mentiroso, un ser mezquino, un “técnico de títulos”, un encantador de serpientes, el defensor del mal, el adalid del anti-fútbol y, casi que maricón…

Y así y todo, con sus cosas buenas y sus cosas malas, sus salidas de tono, su egocentrismo y sus malas pulgas, su mano izquierda con Cristiano y su derecha con Pedro León, por ejemplo, Mourinho ha conseguido algo que ni Valdano ni Capello ni Heynckes ni Hiddink ni Toshack ni Del Bosque ni Queiroz ni Camacho ni García Remón ni Luxemburgo ni López Caro ni Schuster ni Juande Ramos ni Pellegrini habían conseguido: ganar un Copa del Rey para el Real Madrid. Pues ya es algo.

Claro, dependiendo de cual sea tu periódico de cabecera (y yo, honestamente, ya no tengo, pues me parecen todos, los pro y los contra, patéticos) y tu periodista favorito, quizás también te encuentres un tanto contrariado y no sepas si pensar si ganar la Copa ha sido algo bueno o algo malo para el Madrid. Cosas que he leído esta semana me recordaron a esas tonterías que oía en las canchas de Miami, de simples fanáticos domingueros -no de periodistas- sobre la importancia de la Copa Intercontinental. Si la ganaba el Madrid al Vasco da Gama o al Olimpia, era un torneo menor, si la ganaba Boca Juniors contra los Galácticos (practicando el antifútbol que ahora tanto le critican al Madrid) era el campeonato más importante que jamás se había disputado en la historia. Y el Madrid, justamente, con todo su dinero y su presupuesto, lo había perdido. Vamos que hay excusas para todo y se le puede dar la vuelta, a izquierda o a derecha, a todo lo uno quiera.

Pues lo mismo ahora. Un tal Lluís Mascaró , director adjunto de Sport y director de un programa de radio en Cataluña, se contradijo a si mismo, y en su propia columna del periódico que co-dirige, con sólo 48 horas de diferencia. Increíble, pero cierto. Una prueba más y fehaciente de que este mundo de hoy, globalizado e hipervelocista no tiene memoria, y muchísimo menos criterio. Las opiniones se mueven dependiendo de hacia donde sople el viento y tanta culpa tiene el que la tiene y la cambia (la opinión) como el capullo que no deja de decirle “¿Y a ti te gusta Pepe?, pero mira el pase que acaba de fallar. Un tio en primera y no puede dar un pase de dos metros”, por ejemplo. Porque estoy seguro que el que cambia su opinión lo hace, en gran parte, ante la obviedad que le acaban de señalar: Claro, como voy a decir yo que Pepe es bueno, si es que mira lo que acaba de fallar.

Y tampoco digo que haya que recordarle al capullo toca-las-narices que Pepe ha ganado dos ligas, una supercopa, una copa y ha disputado dos Mundiales, pero quizás, si no apostaramos todas nuestras fichas a una opinión que estaremos dispuestos a cambiar en 120 segundos, anulariamos y desmantelariamos el argumento del elemento ese (rompehuevos) que históricamente se encontraba en el bar o en alguna plaza de pueblo y que, ahora, más y más, se encuentra -tristemente- detrás de un micrófono, impreso en un periódico o frente a una cámara.

Este es un momento perfecto en la historia para no ser periodista. ¡Ah, que alivio!

Running to Stand Still

Mi padre nunca ha sido muy corredor y, sin embargo, lo primero que recuerdo de él es verlo correr. Quizás no me acuerde, quizás sólo he oído la historia tantas veces que parece que la imagen en mi mente sea un recuerdo. Pero de que corría, corría. Es más, dice mi madre que corrió ese día más que nunca.

Yo tendría 18 meses o así, y mientras mi padre instalaba el vídeo de última generación que había comprado, yo jugaba como lo que era, un enano, colgado de su espalda. En realidad, si cierro los ojos, puedo ver la imagen: mi padre tirado en el suelo, conectando los cables del vídeo. Yo encima suya, jugando y deslizándome por su espalda como si fuera un tobogán. El suelo frio del salón del bungalow número 6 de Calas. El calorcito de la estufa encendida. El sillón de cuero marrón amarillento – o amarillo amarronado. La puerta de la terraza con el pestillo imposible de abrir por el oxido, que unos cuantos años después lograría abrir para escapar en busca de la madre perdida…

Y de repente, supongo, todo se paró. Y digo supongo porque esto si que no lo recuerdo, pero cuentan las malas lenguas que sufrí un ataque epiléptico. O lo que erróneamente diagnosticó el doctor Tortella, ilustre licenciado de los tiempos de la transición española destinado como médico rural a la pedanía de Calas de Mallorca, como “unas fiebres”.

La cuestión es que mi padre corrió, conmigo en brazos, desde las mazmorras de los bungalows Cala Antena donde vivíamos, hasta el bungalow convertido en ambulatorio del doctor Tortella en Cala Romaguera.

Supongo que pocas veces habrá corrido tanto mi padre, ni tan rápido, y mucho menos con ese nivel de desesperación. Tanto así que al cruzar el aparcamiento vio su coche (ya fuera su querido 1200 o su flamante VW Passat- perdonad que no me ubique, pero os recuerdo que solo llevaba 18 meses entre vosotros) y, así y todo, decidió seguir corriendo.

Y sería esa carrera de mi padre en el frio invierno mallorquín la que salvaría mi vida sólo unos meses después de haber nacido.

Pero no es esa la única carrera que le recuerdo a mi viejo.

En otra ocasión, en 1993 o 1994, en la montaña de San Salvador, en Mallorca, estabamos toda mi familia y unos amigos disfrutando una paella un domingo de pascua. Tras la comida, y como era buena costumbre de los niños criados en la época pre- Play Station, nos pusimos a jugar al escondite. El caso es que, mientras los mayores tomaban el café, y la mayoría de los niños buscabamos un buen tronco de árbol para escondernos, mi hermana decidió esconderse cerquita de donde mi abuela pasaba el rato a la sombra, haciendo ganchillo. Claro, los niños de los 80 sabemos perfectamente las reglas del escondite, pero los niños de los años 30 – o sea, mi abuela- pues no tanto. Así que mi abuela comenzó a comentar el episodio de la novela del viernes, lo fresquito que se estaba allí, debajo de aquel pino, o sabe Dios qué, mientras mi hermana intentaba hacerla callar para no ser descubierta. Pero ni por esas.

A mi hermana la pillarón infraganti, aunque como se debió al desatino de mi abuela, el que la llevaba decidió contar hasta cinco antes de decir “un, dos, tres, Alicia”. Si mi hermana podía bajar desde su escondite entre las bolsas de ganchillo de mi abuela y salvarse, el juego continuaría hasta que se descubriera a otro de los niños. Pero claro, mi hermana tampoco es muy atleta. Alicia dio dos pasos por la escalera que llevaba hasta la pared donde se tenía que salvar y al tercero se le escapó el escalón. Rodó montaña abajo los 14 escalones restantes y cuando aterrizó no solo le hubiera tocado llevarla en la siguiente ronda de escondite, si no que además se había roto un tobillo.

El grito y el llanto de mi hermana se debió escuchar en toda la montaña, y seguramente en las dos contiguas. Mi madre siempre dice que lo primero que pensó al oir a mi hermana fue: ” Ay, ya está gritando otra vez esta pesada”.

Pero esta vez la pesada sí tenía motivos para gritar. Con el tobillo roto, y estando en la cima de una montaña, el hielito que le puso mi madre no le hizo ni cosquillas. Si hubieramos tenido que esperar a que llegara una ambulancia, quien sabe lo mucho que hubiera sufrido, pero de nuevo se puso en marcha mi padre. Con pantalones largos y zapatos -dudo que mi padre haya tenido zapatillas alguna vez en su vida- levantó a mi hermana (que tendría 14 o 15 años, o sea que no era un bebe de 20 kilos), la subió corriendo montaña arriba y seguro que llegó al hospital en Palma antes de que el conductor de la ambulacia le diera el último a bocado a su sandwich tras recibir la llamada de emergencia.

Así que, sin ser un corredor consumado, mi padre ha corrido lo suyo… y la mayoría de veces por culpa de mis hermanos y mía. Luego, por su cuenta a corrido bastante también. Ha corrido para montarse en mil y un aviones para recorrer medio mundo y arreglar cientos de hoteles. Ha corrido para arreglarle las casas a mi hermano, para montar un restaurante, para buscarse trabajos en Puebla y en Cancún, y para arreglarle el jardín a mi madre, para tenerla contenta.

Ahora, como dice Bono, le toca correr solo para mantenerse, y va a ser una carrera larga y jodida. Pero como en Calas, como en San Salvador, aunque sea sin zapatillas y con pantalón de vestir, mi padre va a llegar primero a la meta.

Como siempre.

Un mundo sin mundo

A las tres de la mañana, por fin, pudo sentarse en el asiento que le había asignado la compañía ferroviaria. En la oscuridad del penúltimo vagón, con solo el sonido de su walkman y el leve ronquido del pasajero de la segunda fila como compañía en la madrugada, Robert comenzó el primer viaje del resto de su vida.

Ocho horas esperando en la estación, por los problemas de los frenos hidraúlicos del tren que le llevaría desde Odessa hasta el sudeste asiático, no parecían haber hecho mella en su físico. Y menos en su ilusión.

Bien entrada la madrugada, Robert miraba atento las afueras de la ciudad, mientras pasaban a toda velocidad junto a las ventanas del tren. Dejó entre abierta la parte superior del cristal para sentir la brisa del Caspio y el olor del umbral del alba mientras se despedía de todo lo que conocía. Atrás quedaban las aburridas costumbres del hemisferio oeste, el sigular politiqueo de sus gentes, la desconfianza sobre todo lo humano y el sinvivir de la presión del trabajo, la familia y la sociedad. En el horizonte, sólo el bienestar de un vida sin prisas, sin remordimientos. En Asia, Robert no podía dejar de pensar que se encontraría con los resquicios de una vida pasada, de un mundo mejor.

La música de la madrugada

Una vez le escuché a mi idolatrado Manolo García qué escribir entre las 4 y las 7 de la mañana tenía algo especial.

Y es cierto.
La rebelión de los hombres rana
Si eres de los que no puede echar el ojo, si eres sonámbulo o un fiestero, seguro que escribir entre las 4 o las 7 de la mañana debe ser algo especial, diferente, al menos. Yo no puedo. Y no puedo, simplemente, porque a esas horas me gusta dormir. Y si no estoy dormido prefiero salir o acabar de llegar después de salir, y tirarme a ver la televisión o a escuchar música. Hacer un ejercicio que requiera un mínimo esfuerzo mental, vamos.

Pero escuchando las canciones del disco de 1995 “La Rebelión de los Hombre Rana” de El Último de la Fila (precisamente, el último disco de Manolo García en conjunto con el guitarrista Quimi Portet), puedo entender a lo que se refería el cantante catalán. Sus letras y sus melodias evocan en mi mente la imagen de un hermitaño en alguna abadía perdida en la montaña, deborando libros entre la penumbra de una vela y escribiendo en viejos y polvorientos cuadernos con pluma y tintero. Aunque también me vienen a la mente las imagenes fábricadas en mi cabeza de mi tio Sebastián, con 16 años, pasando los fríos inviernos de la sierra murciana en la casa de su abuela, leyendo a Gabriel García Márquez y a Victor Mora.

Para mí, la madrugada también es mágica.

Desde muy pequeño recuerdo disfrutar de las altas horas de la noche viendo la televisión en casa de mi abuela (y no, no el Canal + precisamente…) y, sobre todo, escuchando la radio. Recuerdo haberme pasado noches enteras escuchando música con Albert, quedarme dormido con el susurro de Hablar por Hablar de la Cadena Ser al oído o, simplemente, sólo en la oficina de mi padre en la casa de Miami, jugando al ordenador y escuchando canciones de Sabina. Es más, el flaco de Úbeda me marcó para siempre el triste verano del 2003, en el que, a mis tiernos 19 años, las mujeres me habían hecho añicos el corazón. Eran los años de Limewire y Napster, y un buen día encontré el torrent de la discografía de Joaquín Sabina y, desde entonces, nunca más fui el mismo. En cada una de sus letras encontré la fuerza para reponerme de los absurdos golpes del amor, y a las tantas de la madrugada, con el cansancio de un día entero de trabajo, y del siguiente que se avecinaba en pocas horas, esa música de madrugada me fue convirtiendo en la persona que soy hoy.

Puede parecer un detalle menor, pero en mi vida, siempre que me encuentro en una situacion … ehmm… jodida, digamos, recuerdo aquellas noches de reflexión y asueto; de liberación y de crecimiento.

Ahora que mi vida está más asentada, que tengo un buen trabajo, que estoy enamorado de un pedazo de mujer y que todo marcha viento en popa, disfruto recordando aquellos tiempos de “sufrimiento” en los que la música de antes del alba me secó más de una lágrima. Ahora, escuchó “La Rebelión de los Hombres Rana” y me divierto pensando lo bonito que sería estar lejos de todo… en una abadía… entre la penumbra de una vela… deborando libros…

La madrugada se inventó para soñar despierto.