Entre el bien y el mal


Hoy fuimos a comer a Cilantros, un lugar pequeño, familiar y que, además, sirve comida muy rica por un módico precio.
Hace dos semanas cambiaron a la camarera que acostumbraba a trabajar allí, le llamabamos “la jenny”, de cariño, pues su nombre no llevaba un artículo personal delante. Bueno, pues hace dos semanas “la jenny” dejó de trabajar y la gerencia del lugar decidió contratar a dos camareras que fueran más apetitosas para el ojo masculino, pues es el género que más suele pisar esas lides es el de los cromosomas doble X.

En realidad, estas dos chicas no son nada guapas, es más, ni siquiera tienen gracia, pero ellas hacen su trabajo, intentan coquetear un poquito para que el jefe las vea aplicadas y luego te sirven la comida y te dejan en paz. El problema es que una de ellas, al hacer la cuenta, se equivocó y nos cobró 8 dólares de más. Nosotros, sólo por hacer la gracia y sin saber que en realidad la chica se había equivocado, montamos el numerito y pedimos que viniera el manager, es decir, el dueño del restaurante que estaba ahí mismo y que había visto como haciamos el chiste con una gran sonrisa en los labios. Sin embargo, y con algo de complicidad, decidió mirar el recibo y… SE DIO CUENTA QUE ESTABA MAL.

De repente la sonrisa le desapareció del rostro y se apresuró a pedirnos disculpas. Efectivamente, la chica había cometido un error al sumar y nos estaba cobrando 8 dólares de más. Nosotros intentamos quitarle hierro al asunto diciendo que hubieramos pagado el resto del dinero gustosos, sólo por el buen servicio prestado por la muchacha, pero el dueño no estaba para chistes. La chica se quedó muda y seguro que se esperaba una gran reprimenda.

Entonces me entró el remordimiento. Hubiera preferido no decir nada y no haberle metido en problemas, pero también tiene guasa que la tia te cobre 8 dólares más porque sí.

Bueno, sólo espero que no acabe como “la jenni”.

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¿Y si los dias tuvieran 32 horas?


El otro día mi compañero en la radio, Diego, me comentó que las jornadas laborales son de ocho horas porque los días son de 24. Por lo tanto se supone que se necesitan ocho horas para dormir, 8 horas para trabajar y ocho de ocio.
Bien. Con esa simple cuenta me puse a pensar lo bueno que sería que los días tuvieran 32 horas, pues 8 serían para dormir, 8 para trabajar y 16 de ocio….¡IMPRESIONANTE!

Durane largo rato pensé en todas las cosas que podría hacer con tanto tiempo libre. Podría aprender a tocar la guitarra, estudiar un nuevo idioma, ver más películas, jugar más al fútbol… en fin, podría ser más feliz.

Tras disfrutar con todos estos divagues durante un buen rato, me entró un escalofrío al pensar que si los días fueran más largos, seguro que el cuerpo humano necesitaría más horas de descanso. Me entró una profunda tristeza al darme cuenta que no sería capaz de aprovechar a fondo mi vida como había soñado durante toda la mañana.

De todas formas, un buen rato extra de ocio no vendría mal cada día. Así que así me iba para casa, con esa sensación entre felicidad y amargura, por haber soñado con algo que, definitivamente, nunca iba a suceder.

Entonces, al llegar a casa, recibí la noticia fatídica. Le conté a Alberto, mi compañero de piso/jefe, todo acerca de la ídea que había tenido, pero él logró abrirme los ojos. “Seguro que si el día tuviera 32 horas, no faltaría el hijoputa que te hiciera trabajar durante 16”.

Jai Definishon

¿De dónde saliste?

¿Cómo te anunciaste en mi vida por primera vez, y por qué designios?

¿Sabías que estabas destinada a ser mi fiel compañera durante tanto tiempo? ¿O creíste que lo nuestra iba a ser fugaz, un mero ardid, saciar una sed repentina con el primer trago que está a la mano?

Lo cierto es que hoy, 12 años después de reunir nuestros destinos por primera vez, quiero desvelar tus secretos, gritar a los cuatro vientos que no hay nadie como tú, que eres única porque eres mía, pero eres mía porque quisiste serlo.

¿De dónde…?

Del fallido restaurante & bar & grill & cigar lounge & fuga de capitales familiares que mi atribulado padre tuvo a bien crear en compañía de sus 3 socios: uno, vendedor de tarjetas telefónicas que no servían más que para marcar a Oaxaca; otro instalador de DirecTV pirata; alguno más cuyos fondos provenían de misteriosas fuentes (o sea, del gobierno de México). Ninguno de los tres experto en materia restaurantera. ¿Qué podía salir mal?

Te miré del otro lado de la barra de caoba, resplandeciente entre la multitud dedicada a dejar quemaduras de cigarrillo y redondeles húmedos de vaso highball durante la velada inaugural. Tu morenez destacando contra la descascarada pintura wash simulando una añeja… ¿tasca? ¿fonda? ¿trattoria? El concepto gastronómico aún estaba en el aire (acabó en steak house). Mostrabas los brillantes colores de Jorge Campos atajando disparos de Eric Wynalda en la Copa América, hasta que en tiros penales nos eliminaron los gringos 4 a 1. Tragedia griega-vía-Uruguay-vía-satélite. En el dolor y el pesar de la derrota, mi triunfo fue conocerte. Tus 29 pulgadas de pantalla me apantallaron, tu VHS integrada capturó el momento para la posteridad, y tomé juramento mientras me llevaba un tarro de Negra Modelo a la mesa: “Serás mía, yo lo sé”.

Cuando el restaurante & etcétera se fue a pique (digamos que el Titanic opuso más resistencia), no tuve empacho en lanzarme como ave de rapiña un sábado por la mañana a liberarte de tus ataduras. Claro, también liberé una caja de Fundador, dos botellas de Absolut Citron y 36 latas de aceitunas rellenas de anchoa. ¡Jugoso botín, digno del pirata Laffite en el Caribe o de Francisco Pizarro en su paso por tierras incas!

Tuve que regresar el sábado siguiente a buscar tu control remoto, que se me olvidó sobre la barra…

Pero ya en casa, reunidos en la intimidad de mi modestísimo departamento de soltero, pude afreciarte en tu justo valor. Tu deslumbrante claridad. Tu nitidez rayana en la obscenidad. Tu close caption automático cuando se oprime mute. Sí, tus rojos nunca fueron sanguíneos como los de Caravaggio, sino más bien tirando a los purpúreos rubores de una fiebre mal atendida, ¿pero qué importa el color en cuestiones de amor?

Y sí, tu sonido monoaural nunca podía aspirar a competir con los stereo surround y DSP que empezaban a ponerse en boga. Nunca me hiciste extrañarlos. Tu voz no tiene la ambigüedad de dos canales esterofónicos: es única, indivisible, honesta. Es la voz desgarradora de viejos seriales del radio AM, donde no sabíamos de dónde provenía el disparo, pero sí que alguien estaba echando bala a toda pólvora.

Eventualmente uní mi destino a una mujer, pero tú nunca fuiste el tema delicado de conversación, pues lo nuestro tenía historia. Ella te aceptó, renuente al principio (“¿O sea que no vamos a poner una tele nueva en la mesa de regalos?”), curiosa después (“Me tienes que enseñar cómo hacerle para grabar Café con aroma de mujer“), hasta que finalmente te adoptó sin recelos ni condiciones.

Y nos enseñaste a sobrevivir.

A sobrevivir el estar sostenida sobre una mesilla plegable de madera en lo que llegaba el primer mueble/gabinete ex profeso para albergar tu estructura. A sobrevivir el utilizar diariamente tu función de REWIND en vez de confiar en las regresadoras que tocaban la quinta de Beethoven después de rebobinar un videocassette. A sobrevivir una pléyade de periféricos, pues los dioses tuvieron a bien darte UNA terminal de Audio/Video In (RCA) en el panel frontal, misma que he penetrado, inmisericorde y prosaico, con dos preamplificadores, un laserdisc, una video beta, tres sistemas DirecTV (uno pirata, dos legítimos), cuatro DVDs, un 3DO, un Playstation, un Playstation 2, un Xbox, una caja de cable y un TIVO. No al mismo tiempo, claro…

A sobrevivir mudanzas a seis domicilios y dos países…

A sobrevivir la muerte, estentórea y gradual, de tu control remoto…

A sobrevivir la inserción de un sandwich de queso en la videocassettera… Y no, no fue mi hija. ¿Recuerdas el Fundador y el Absolut Citron? Yo sí…

No sé de dónde saliste. Mi padre confesó haberte adquirido en pago por unos servicios contables prestados a una importadora de electrodomésticos, y que eras el único modelo en exhibición. No tienes número de modelo al frente, ni más distintivo que los tres rombos de Mitsibushi. Cuando me di a la tarea de buscar tu control remoto por Internet, en afán de reemplazarlo por uno semi nuevo, descubrí que nadie cuenta con un original en servicio (y que ni siquiera hay fotos de tu línea en el website del fabricante). Eres casi pieza de colección.

Yo creo que no te fabricaron. Creo que quisiste ser. Simplemente, existir. Creo que eres inteligencia artificial, evolución lógica tras años de mejorar lo inmejorable. Creo que te armaste sola, canibalizando piezas de otros electrodomésticos en esa bodega. Creo que eres indestructible, pues nunca te has descompuesto. Tus colores siguen tan vivos como siempre. Tu sonido monoaural sigue nítido, sin delatar un sólo gemido de un tweeter discordante o un bajo con carraspera. El control remoto del nuevo DirecTV DVR que te acabamos de conectar suple casi todas las funciones de tu viejo remoto, algo que no había logrado emular con media docena de reemplazos “universales”.

Creo que tú le enseñaste al control nuevo lo que tiene que saber de ti, y no a la inversa.

¿Y tu videocassetera? Sigue grabando. Y si bien el formato nunca podrá aspirar a competir con la imagen de laserdiscs, DVDs y BlueRays… sigue siendo fiel. Aún puedo grabar en tí eventos que la posteridad merece conocer. Cierto, cada vez hay menos gentes que pueden reproducirlos, a medida que sus respectivas VHS van muriendo y son reemplazadas por otros formatos, pero tú… Tú te has negado a morir.

¿Por qué?

Hoy me llegó un catálogo por correo. Best Buy ofrece LCDs y Plasmas de 500 dólares. Aún los modelos introductorios te rebasan en dimensiones de pantalla y funciones logísticas. Todas son HD. Todas son formato widescreen. Pero tú sabes que nada va a cambiar. Que no vas a ir a ninguna parte. Sabes que llevamos demasiado tiempo juntos. Por ti ha pasado toda mi historia: has visto el video de mi boda y mis trabajos de cine de la universidad. Has visto más pornografía que Larry Flynt. Y no revelas nada aún, sigues mirándonos noche tras noche, día tras día, en espera de una sustitución que no ha de llegar.

Algunos piensan que no te cambio por tacaño. Otros, por nostálgico.

Pero la verdad es que no te cambio porque te respeto.

Y te temo un poco, la verdad.

Prueba vaginal


Viernes. Me disponia a almorzar con mi amigo y colega Alfonso en la terraza del segundo piso de la editorial. En realidad, mas que una terraza es un balcon venido a mas, un area en la que caben –y donde estan ubicadas– dos mesas con sus respectivas cuatro sillas y despues no hay mucho mas espacio mas que para pararse a fumar.

Entre el hambre y la falta de ganas de subirme al auto y manejar hasta algun lugar donde comprar alguna comida semidecente, habia optado por buscar algo en la flamante (o no tanto) cafeteria del edificio. Resulto ser un arroz con pollo reseco con menos cara de “me dejo comer” que la madre Teresa (antes de morir, eh, hay que ser respetuosos), acompañado de una triste ensalada de lechuga y tomate. Para colmo, la tipa de la cafeteria se habia olvidado de poner en mi bolsita “to go” tenedor y cuchillo plasticos. Tuve que joderme y joderlo a Alfonso y comer usando su cuchara del postre.

En eso salieron al balcon tres mujeres bien entradas en los 50 (y estoy siendo muy generoso) que trabajan en el edifico, a tomarse un cigarette break. Casi al mismo tiempo, Alfonso destapo un tapper con brocoli cocido cuyo olor no hizo mas que indignar profundamente a mis fosas nasales, que se sumaron en el sentimiento de tristeza a mis ya decepcionadas papilas gustativas. Fue segundos despues de eso que, desde la otra mesa y a viva voz, escuche la frase: “Hoy me dieron los resultados de la prueba vaginal”.

Momento.

Perdon?

Lo primero que hice fue mirar a Alfonso sin levantar la cabeza. Yo habia escuchado mal o esa mujer dijo “prueba vaginal”? Necesitaba corroborar esto y para eso mire al gallego que, sentado a mi lado, le daba duro al brocoli indignante sin enterarse de las cosas que se estaban diciendo a escasos metros de nosotros.

– Escuchaste eso, man?

– Que cosa?

Le explique y, de ahi en mas seria imposible no prestar atencion a la charla de la mesa de al lado. Sumando esto a la comida de mierda y al brocoli con olor a pedo, tambien seria imposible almorzar tranquilo.

Palabras como “ginecologo” y “estrogeno” confirmarian, segundos mas tarde, que si, que a pesar de tocar la bateria en bandas que hacen muchisimo ruido y que me dejan los oidos zumbando durante dias, todavia escuchaba bien (lamentablemente, en este caso).

Hacia el final de la velada, pensando que ya lo peor habia pasado (podria, acaso, salir de la mesa de al lado una frase menos linda que “prueba vaginal”?), una de las señoras –que en ningun momento pensaron que quizas deberian bajar la voz o llevarse su conversacion a otro lado– nos deleito con un: “Si! para lubricar la vagina. Eso es para lubricar la vagina”. Alfonso se me acerca y me dice: “Yo conozco algo bien bueno para lubricar la vagina: LA PORONGA”.

Para hacer ejercicio hay que ir al gimnasio

El otro día me pasó algo impresio- nante que me dejó cavilando un largo rato.

Después de mucho tiempo sin ir al gimnasio, decidí que tocaba pasarme por allí para volver a sentir que estaba haciendo algo por ponerme en forma. Como siempre, uno piensa que sólo con pasar unas horas en el gimnasio cada par de días se baja de peso, se define la musculación, y se convierte en un tipo atractivo. Claro, luego te das cuenta que la mitad de las personas que van al gimnasio pueden pasar horas hablando, ligando, admirando sus propios músculos (y los músculos de extraños), pero de ejercicio poco. Si acaso, se obsesionan con, o se “apalancan” en, una máquina y, mientras otros esperamos hacer una rutina más o menos rápida, ellos hablan, gritan y te hacen perder el tiempo esperando a que desocupen dicha máquina.

Pero a mí lo que me sorprendió fue otra cosa. Fue algo que ocurrió en el aparcamiento del gimnasio. Algo inaudito, extraño, pero no inesperado, pues día tras día los seres humanos estamos de-volucionando hacia una especie cada vez menos desarrollada e irracional.

Resulta que llegué al gimnasio a eso de las 7 de la tarde, horario en el que suele estar lleno el lugar pues las mujeres deciden ir en manada, con escotes pronunciados y mallas tan apretadas que casi no pueden respirar, con lo que los hombres acudimos, también, como abejas al panal. La cuestión es que precisamente a esa hora, y dado el alto número de personas que se encuentran en el gimnasio, el aparcamiento estaba atestado de coches y los únicos lugares que había disponibles para estacionar estaban “lejos” de la puerta de entrada del local.

Yo fui uno de los que aparqué “lejos” de la entrada y, tras caminar durante unos exhaustivos 45 segundos, llegué a la puerta del gimnasio donde sucedió lo que sucedió. Justo en ese momento había una chica yendose y dejaba el aparcamiento que queda justo enfrente de la puerta principal libre. Entonces se desató la tormenta. Tres individuos, personajes característicos de la selva de Miami, creían tener el derecho de aparcar en el lugar. Los tres tipos, altos, fuertes, con similar corte de pelo y que después utilizarían el mismo “slang” para comunicarse entre ellos, decidieron, primero, hacer un ejercicio de silencio y se quedaron parados enfrente del estacionamiento, todos con los intermitentes puestos en dirección al hueco que estaba disponible, como si eso les diera el derecho (a los tres) de aparcar ahí.

Tras la situación “Sitting Bull-esca”, comenzó la función sinfónica. Primero, un pitazo corto y seco: piii!. Luego, uno intermitente: pi-pi-piii-pii-piiiii! Después uno largo y doloroso: piiiiiiiiii! Y ese fue el peor. Ese fue el que hizo que el petardo de la discordia estallara. Los tres sujetos se bajaron de sus respectivos automóviles y decidieron exponer, al más puro estilo criollo, sus puntos de vista, y las razones por las cuales todos ellos eran el legítimo dueño de ese espacio entre otros dos coches que, por cierto, no tenían nada que ver en esta historia.

Ahí fue cuando el dialecto urbano, compartido por los tres protagonistas de esta historia, entró en escena. Una colección de “bros”, “niggas”, “What the fucks” y “I’ll fuck you ups” prosiguió. El tema llegó a tal punto que un empleado del local, amigo de uno de los descerebrados que se peleaba por el aparcamiento, salió, mandó a callar a todos, y otorgó el espacio, por decisión unánime, a su amigo.

De esa forma, se acabó el pleito por la via rápida y se consiguió ocupar ese espacio, altamente disputado, sin que llegará la sangre al rio, pero a mí me quedó una duda. Si esta gente dice venir al gimnasio para hacer ejercicio, bajar de peso y estilizar su cuerpo, ¿no tiene más sentido aparcar cuanto más lejos posible? ¿O es qué sólo se puede hacer ejercicio dentro del gimanso y no de camino al gimnasio?

Pero claro, seguro que estos individuos que se pelean por no caminar 45 SEGUNDOS hasta el gimnasio son los mismos que luego entran a charlar y a malocupar las máquinas de ejercicio mientras otros, que vamos con prisa (y no nos sobra el tiempo para dirimir si a la rubia de al lado le quedan bien o no las tetas de goma que se ha puesto para que su entrenador privado se fije más en ella que en las otras ocho “barbies” a las que entrena todas las semanas), tenemos que esperar como imbeciles a que terminen…y, encima, al irnos a casa, nos toca caminar aún más que a ellos para llegar hasta el coche.