Para hacer ejercicio hay que ir al gimnasio

El otro día me pasó algo impresio- nante que me dejó cavilando un largo rato.

Después de mucho tiempo sin ir al gimnasio, decidí que tocaba pasarme por allí para volver a sentir que estaba haciendo algo por ponerme en forma. Como siempre, uno piensa que sólo con pasar unas horas en el gimnasio cada par de días se baja de peso, se define la musculación, y se convierte en un tipo atractivo. Claro, luego te das cuenta que la mitad de las personas que van al gimnasio pueden pasar horas hablando, ligando, admirando sus propios músculos (y los músculos de extraños), pero de ejercicio poco. Si acaso, se obsesionan con, o se “apalancan” en, una máquina y, mientras otros esperamos hacer una rutina más o menos rápida, ellos hablan, gritan y te hacen perder el tiempo esperando a que desocupen dicha máquina.

Pero a mí lo que me sorprendió fue otra cosa. Fue algo que ocurrió en el aparcamiento del gimnasio. Algo inaudito, extraño, pero no inesperado, pues día tras día los seres humanos estamos de-volucionando hacia una especie cada vez menos desarrollada e irracional.

Resulta que llegué al gimnasio a eso de las 7 de la tarde, horario en el que suele estar lleno el lugar pues las mujeres deciden ir en manada, con escotes pronunciados y mallas tan apretadas que casi no pueden respirar, con lo que los hombres acudimos, también, como abejas al panal. La cuestión es que precisamente a esa hora, y dado el alto número de personas que se encuentran en el gimnasio, el aparcamiento estaba atestado de coches y los únicos lugares que había disponibles para estacionar estaban “lejos” de la puerta de entrada del local.

Yo fui uno de los que aparqué “lejos” de la entrada y, tras caminar durante unos exhaustivos 45 segundos, llegué a la puerta del gimnasio donde sucedió lo que sucedió. Justo en ese momento había una chica yendose y dejaba el aparcamiento que queda justo enfrente de la puerta principal libre. Entonces se desató la tormenta. Tres individuos, personajes característicos de la selva de Miami, creían tener el derecho de aparcar en el lugar. Los tres tipos, altos, fuertes, con similar corte de pelo y que después utilizarían el mismo “slang” para comunicarse entre ellos, decidieron, primero, hacer un ejercicio de silencio y se quedaron parados enfrente del estacionamiento, todos con los intermitentes puestos en dirección al hueco que estaba disponible, como si eso les diera el derecho (a los tres) de aparcar ahí.

Tras la situación “Sitting Bull-esca”, comenzó la función sinfónica. Primero, un pitazo corto y seco: piii!. Luego, uno intermitente: pi-pi-piii-pii-piiiii! Después uno largo y doloroso: piiiiiiiiii! Y ese fue el peor. Ese fue el que hizo que el petardo de la discordia estallara. Los tres sujetos se bajaron de sus respectivos automóviles y decidieron exponer, al más puro estilo criollo, sus puntos de vista, y las razones por las cuales todos ellos eran el legítimo dueño de ese espacio entre otros dos coches que, por cierto, no tenían nada que ver en esta historia.

Ahí fue cuando el dialecto urbano, compartido por los tres protagonistas de esta historia, entró en escena. Una colección de “bros”, “niggas”, “What the fucks” y “I’ll fuck you ups” prosiguió. El tema llegó a tal punto que un empleado del local, amigo de uno de los descerebrados que se peleaba por el aparcamiento, salió, mandó a callar a todos, y otorgó el espacio, por decisión unánime, a su amigo.

De esa forma, se acabó el pleito por la via rápida y se consiguió ocupar ese espacio, altamente disputado, sin que llegará la sangre al rio, pero a mí me quedó una duda. Si esta gente dice venir al gimnasio para hacer ejercicio, bajar de peso y estilizar su cuerpo, ¿no tiene más sentido aparcar cuanto más lejos posible? ¿O es qué sólo se puede hacer ejercicio dentro del gimanso y no de camino al gimnasio?

Pero claro, seguro que estos individuos que se pelean por no caminar 45 SEGUNDOS hasta el gimnasio son los mismos que luego entran a charlar y a malocupar las máquinas de ejercicio mientras otros, que vamos con prisa (y no nos sobra el tiempo para dirimir si a la rubia de al lado le quedan bien o no las tetas de goma que se ha puesto para que su entrenador privado se fije más en ella que en las otras ocho “barbies” a las que entrena todas las semanas), tenemos que esperar como imbeciles a que terminen…y, encima, al irnos a casa, nos toca caminar aún más que a ellos para llegar hasta el coche.

5 comentarios

  1. Sí, me creo que fuiste al gimnasio a hacer músculo.

    A OTRO PERRO CON ESE HUESO!

    Besos, Puñal. Un gusto ser partícipe. Y pnesar que se lo dije al Rojitas: “Hay que tener cuidado, porque si nos descuidamos un día vamos a terminar trabajando para este pinche vaturro”.

  2. che es bueno hacer gimnasia tirate uno

  3. na mentira amigo

  4. tirate uno o dos

  5. tirate un pedo

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