Un mundo sin mundo

A las tres de la mañana, por fin, pudo sentarse en el asiento que le había asignado la compañía ferroviaria. En la oscuridad del penúltimo vagón, con solo el sonido de su walkman y el leve ronquido del pasajero de la segunda fila como compañía en la madrugada, Robert comenzó el primer viaje del resto de su vida.

Ocho horas esperando en la estación, por los problemas de los frenos hidraúlicos del tren que le llevaría desde Odessa hasta el sudeste asiático, no parecían haber hecho mella en su físico. Y menos en su ilusión.

Bien entrada la madrugada, Robert miraba atento las afueras de la ciudad, mientras pasaban a toda velocidad junto a las ventanas del tren. Dejó entre abierta la parte superior del cristal para sentir la brisa del Caspio y el olor del umbral del alba mientras se despedía de todo lo que conocía. Atrás quedaban las aburridas costumbres del hemisferio oeste, el sigular politiqueo de sus gentes, la desconfianza sobre todo lo humano y el sinvivir de la presión del trabajo, la familia y la sociedad. En el horizonte, sólo el bienestar de un vida sin prisas, sin remordimientos. En Asia, Robert no podía dejar de pensar que se encontraría con los resquicios de una vida pasada, de un mundo mejor.

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