Los números de 2010

Los duendes de estadísticas de WordPress.com han analizado el desempeño de este blog en 2010 y te presentan un resumen de alto nivel de la salud de tu blog:

Healthy blog!

El Blog-Health-o-Meter™ indica: Más fresco que nunca.

Números crujientes

Imagen destacada

Un Boeing 747-400 transporta hasta 416 pasajeros. Este blog fue visto cerca de 4,300 veces en 2010. Eso son alrededor de 10 Boeings 747-400.

 

En 2010, publicaste 15 entradas nueva, haciendo crecer el arquivo para 78 entradas. Subiste 19 imágenes, ocupando un total de 2mb. Eso son alrededor de 2 imágenes por mes.

Tu día más ocupado del año fue el 28 de enero con 72 visitas. La entrada más popular de ese día fue Bitácora de viaje.

¿De dónde vienen?

Los sitios de referencia más populares en 2010 fueran facebook.com, mortero.wordpress.com, finisimapersona.wordpress.com, WordPress Dashboard y es.wordpress.com.

Algunos visitantes buscan tu blog, sobre todo por cuanto dinero hay en el mundo, los galacticos, cubo, cuanto dinero tiene estados unidos y bitacora de viaje.

Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

Bitácora de viaje febrero, 2008
1 comentario

2

¿Cuánto dinero hay en el mundo? febrero, 2008
6 comentários

3

El cubo galáctico septiembre, 2008

4

Archivo profesional abril, 2008

5

Tan joven y tan viejo marzo, 2008
3 comentários

¿Quién se enamora en una funeraria?

El olor a crisantemo era asqueroso.

Miklos llevaba ocho años trabajando en la funeraria de su tio y aun no se había acostumbrado al repugnante aroma de las flores de muertos.

La vigilia de hoy se hacía a feretro cerrado. El cadáver era un mafioso al que le habían reventado la cabeza a balazos. Miklos había arreglado ya la sala. Las siete filas de veinte sillas cada una, separadas por un estrecho pasillo en el medio, estaban perfectamente alineadas. Y fue justo entonces, cuando barría el lobby de la funeraria esperando a que llegara la procesión, cuando vio a Vivianna.
A sus cuarenta y pocos, sus ojos azules destacaban ferozmente por entre las patas de gallo. Las mejillas tersas y pálidas contrastaban con los esplendidos tirabuzones de pelo dorado que se escondían tras su gorro invernal, para después caer libres por cada extremo de su cara y, finalmente, descansar en sus hombros.

Caminaba lentamente, cabizbaja, sola, en primera línea tras del ataud que cargaban seis musculosos hombres, todos perfectamente vestidos con traje negro, gafas de sol y coleta engominada.

Miklos no le podía quitar el ojo de encima y hacía varios minutos que había dejado de barrer para, simplemente, observar a esa obra maestra de la naturaleza. Su tio se dio cuenta y, disimuladamente, se acercó a Miklos y le estiró de la manga de la chaqueta, para que despertase. Nunca quería tener problemas con sus clientes, pero mucho menos hoy que velaban a uno de los jefes de la mafia rusa. Hoy, todo tenía que salir perfecto: 12 horas de vigilia, todo impecable, ni un altercado, cobrar y a olvidarse del tema.
Pero Miklos no se podía sacar a Vivianna de la cabeza.”¿Quién se enamora en un funeraria?”, penso ironicamente mientras le sujetaba la puerta a los últimos miembros de la procesión.

Miklos inhaló profundamente el odioso fragor de los crisantemos, se arregló la chaqueta, y continuó barriendo el lobby.

La balada de Jack y Loreley

(borrador… en teclado americano. Sin acentos, etc.)

“… Noventa y ocho. Noventa y nueve. Cien. Aqui”, dijo el hombre mientras soltaba su mochila en la hierba.

Cien pasos desde la vieja via del tren. Alli decidio Jack Hartman que seria el mejor sitio para crear su nuevo hogar.

Una semana despues, por la misma via, y mas o menos a la misma distancia, pues no habia parada oficial en la ruta, el mismo tren que trajo a Jack transportaba ahora toda su vida y todas sus posesiones: su escritorio, su escopeta, sus botas de cowboy, su coleccion de sellos de la guerra civil, su hazadon, y a su querida Loreley, embarazada de 6 meses.

Loreley se sorprendio gratamente al ver lo adelantado que tenia Jack es esqueleto de su futura casa. Seis vigas de madera sujetaban el caparazon de lo que pretendia ser una humilde morada de madera de roble, con dos pisos y un sotano, con ventanas desde el techo hasta el suelo, para que tuviera buena iluminacion, y orientada, como no, hacia al sur, como siempre le habia recomendado su padre.

Antes de que se cumpliera un mes de su llegada, y habiendo pasado mas de 20 noches durmiendo en una carpa improvisada por Jack, a la intemperie, Loreley sintio un extranyo dolor en su vientre.

La joven no queria ni pensar que su bebe iba a nacer en ese momento, pero se temia lo peor. Todavia faltaban 60 dias para que se cumplieran los nueve meses de su noche de boda, la noche que Loreley se habia entregado por primera vez a Jack, y la noche en que, precisamente, quedo embarazada. Pero algo le decia que ese dolor en su alma no era mas que la clara senyal de que la criatura que llevaba dentro estaba lista para ver la luz del dia.

“No puede ser. Mi amor, la casa no esta lista. La cama no esta lista. Todavia nos quedan dos meses segun el plan”, exclamo Jack aterrado. “No puedo esperar mas. He roto aguas. El ninyo tendra que nacer al aire libre”, respondio ella.

Jack no sabia que hacer, no sabia que pensar, estaba saturado.

Corrio hasta el lago, a unos 20 metros de la puerta principal de su casa y volvio con una tinaja llena de agua fresca. Acomodo la carpa, hizo un almohadon de paja donde poder recostar a su esposa, y esparcio una manta a su lado, para arropar a su hijo nada mas llegar al mundo.

El parto duraria mas de ocho horas.

Jack tuvo que ejercer de comadrona y guiar a Loreley para que no parara de respirar y de empujar. La joven no tuvo ni un segundo de descanso. El bebe se hacia de rogar y a Jack los gritos de dolor de Loreley le taladraban el cerebro.

Loreley empujaba y empujaba. En cada intento emitia un aullido que se podia escuchar a varias millas a la redonda. Su cara se enrojecia enfurecidamente con cada esfuerzo por dar vida a su hijo, y despues se tornaba palida mientras la chica se preparaba para el siguiente empujon. “Este sera el ultimo”, se decia a si misma, con la ilusion de escuchar el llanto con vida de su bebe en cualquier momento.

Pero el llanto no llegaba.

Jack estaba desesperado. Sus manos, sudorosas, temblaban como una hoja, y su mente volaba entre los malos augurios y la esperanza. Metio las manos entre las piernas de su mujer, nervioso, intentando hacer por intuicion algo que solo deberia hacerse tras anyos de preparacion. Acaricio los muslos de su mujer, firmes y sedosos, y eso le calmo un poco. Por un segundo recordo su noche de boda, cuando hicieron el amor por primera vez, y recordo cada recoveco del cuerpo de la unica mujer que habia amado en la vida. Pero antes de llegar a la ingle, Jack volvio repentinamente a la realidad. Sus manos se toparon con una mezcla de liquido pastoso y se dio cuenta que su mujer se habia desgarrado. Su falda estaba ensangrentada y el caudal que bajaba por la hierba era preocupante. Su sistema nervioso se colapso. Penso en gritar, en romper a llorar, a sabiendas que esa reaccion destrozaria a Loreley, y entonces logro decir: “Solo un poco mas, mi amor. Ya veo la cabeza. Ya puedo tocarlo”.

Era mentira, pero su idea dio resultado. Exhausta por el esfuerzo y empujada por el animo de pensar que su marido pronto tendria a su hijo en sus brazos, Loreley hizo un ultimo intento. Tomo tres bocanadas de aire cortas, seguidas, sin pausa. Y entonces apreto los dientes, concentro toda su fuerza en sus musculos abdominales, y empujo con toda su alma. Su grito fue gutural, desgarrador, pero a la vez fue un grito de alivio. Seguramente, los pajaros que anidaban los arboles de alrededor salieron volando espantados, y de repente el sol brillo con mas fuerza. Y Loreley escucho el llanto de su bebe.

A las siete y diez, de aquella tarde de Abril, llego al mundo, rodeada de tierra, serrin y gravilla, y con un sol arrebatador resplandeciendo en sus ojos, Rose Lucille Hartman.

“Es preciosa, Jack. Tiene tu nariz. Es preciosa”, suspiro Loreley, somnolienta por la gran perdida de sangre. “Ya, ya, mi amor. Dale un beso y relajate. Tienes que guardar fuerzas y descansar”, replico dulcemente Jack.

Loreley cerro los ojos, con una sonrisa en los labios, y nunca mas los volvio a abrir.

Broder, somos campeones del mundo

2010, Joacan, que año. No lo olvidaremos nunca, por mas de un motivo. Solo espero que te quedes con lo bueno. Sonrie. Feliz Navidad:

Cuando fuimos campeones

La tele basura

Este artículo es espectacular.
Me encanta la crítica que se hace de Belén (y de las “Belenes” del mundo) y de la bazofia en la que se ha convertido la televisión. No sólo eso, es una crítica de la bazofia en que se ha convertido nuestra sociedad: que gravita como una pandilla de abejas descerebradas hacia su panal (en este caso la caja tonta). La Belén del artículo, la que habla con el periodista Jesús Rodríguez, me recuerda a Krusty, el payaso de Los Simpsons. Ese sinsabor por la vida, por el trabajo, por el ser humano. Esa altanería con la que habla, como si fuera alguien con tablas en algo, me repugna. La descripción de los descansos en plató, fumando como una chimenéa, comiendo a toda prisa, con la luz de los fluorescentes arrugándole la piel tersa, cansada… es una imagen tétrica.

Pero, sin duda, lo peor (en realidad, lo mejor) del artículo, es el tal Paolo Vasile, consejero delegado de Telecinco. Este tio es la clara imagen de todo lo que va mal en este mundo. El señor Vasile arranca su locución asegurando que Belén es “un fenómeno social”. Bueno, un tio que considera a una mujer que lo único que ha hecho en su vida es tener una hija con un torero, y luego vender su vida (“Porque es mía y puedo hacer con ella lo que quiera”, asegurá Esteban) a la prensa rosa, un fenómeno social me parece un soplagaitas. Pero, lo peor, es la condescendencia con la cual se dirige al periodista, como si fuera mejor que él, como si supiera algo que él no sabe. Y ahí está lo bueno del artículo. Por eso estoy escribiendo esta entrada de blog. Porque el peridiosmo le da la oportuniad a Jesús Rodríguez de reírse de Vasile, de Esteban y de todos los que se creen que están cambiando el mundo porque se ponen delante de una cámara y pegan cuatro gritos. Jesús, con su buena lírica y su verbo pausado, desgrana lo triste que es el mundo de la tele basura y los que la hacen. Sus descripciones de lo que ve, lo que siente, lo que le dicen y lo que interpreta son perfectas, y en el artículo, sin dejar de ser objectivo, le pone los punto sobre las ies a toda este grupo de gentuza. Mis respetos.


Pero, al grano. Este señor (es un decir…) Vasile trabaja en televisión y se jacta de comprender este complejo medio. Casi parece que sea un experto en sicología, que entiende lo que quiere y lo que necesita el televidente. Me da asco. Y lo peor es cuando su hemorragia verbal le lleva a decir que es un mundo estresante, que es muy difícil hacer lo que él hace y que el estrés le alimenta. Asegura que quien no soporte ese estrés debería dedicarse a otra cosa, como si ser un ejecutivo de un canal de tele basura fuera algo de lo que estar orgulloso, y que Belén, en realidad, sufre mucho por todas las críticas que recibe, pero que también disfruta con el cariño del público.

Venga ya. ¿De qué esta orgulloso este tio? ¿Cómo puede decir que Belén Esteban “sufre” trabajando 4 horas al día y ganando más de 3,000 euros por ello, cuando el 20% del país está en el paro? Estos no ayudan en nada al planeta ni a su gente, y no se trata de que todos ayuden. Muchos (entre los que me incluyo) nos dedicamos a algo trivial, cosas que si desaparecieran mañana nadie lloraría por ellas, pero lo que nosotros podemos hacer para mejorar este mundo es no empeorarlo. Eso es justo lo que hacen estos personajillos. Es por gente, gentuza, como esta que España (y gran parte del mundo) está como está. Me repugna escuchar hablar a estos yuppies que se creen que han inventado la Coca Cola, que se sienten los dueños del mundo durante unos segundos, y todo porque tienen dinero suficiente para comprarse toda la coca (-ína) que gusten.

Patético.

Sin embargo, el artículo no tiene desperdicio.

Desaparecido

24 años después de casarse supo que no la amaba. Todo lo compartido habia sido sólo la forma más simple de pasar la vida juntos; la menos complicada. Ahora ya no le quedaba nada, sólo quería descansar.

Esa misma mañana, tras desayunar junto a su mujer como cada día, se encerró en su despacho y se sentó en su escritorio. Abrió el primer cajón, sacó su revolver, se lo introdujo en la boca. Su dedo índice acarició el gatillo. Tres palabras se le cruzaron por la cabeza: adiós-mundo-cruel. No pudo contener una sonrisa. Clavó su mirada en un libro de la estanteria: Fauna Marina del Océano Índico. Su dedo seguia en el gatillo, pero su mente se habia perdido en un pequeño velero flotando cerca de las islas Rodríguez. Durante 10 minutos se imaginó una vida tumbado al sol, pescando su comida y leyendo sus libros favoritos. Solo.

Devolvió el revolver al cajón, agarró el pasaporte y salió por la puerta. No llamó a sus hijos, no le dijo nada a su mujer, no dejó una carta de despedida.

Desapareció.

Asesino

La noche fue dura. Ahora, Viktor, casi no lo quiere recordar, pero anoche se convirtió en asesino. Tres disparos, tres balas, heridas en el pecho y el estomago, un cadáver. Ahora, el sonido metálico de la munición corriendo por la pistola, la explosión al llegar a la boca del cañón, el silbido al cortar el viento a toda velocidad, el resquebrajamiento de millones de células al impacto con el cuerpo de su víctima y, finalmente, el frenazo seco al llegar a su punto fatídico, a un órgano vital, se repiten una y mil veces en su cerebro.

Mil sonidos, todos ensordecedores, pero el que más le perturba es el último: el ruido del silencio que causa una bala al destrozar un corazón.